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Si existe algún ámbito en el que no puede admitirse el pensamiento como único, en el sentido de constatar la imposibilidad de creatividad y alternativa alguna, ese es el de la Filosofía.

Puede percibirse el intento de imposición de una forma única de entender las sociedades y las culturas para subyugarlas al Imperio del neocapitalismo. Aunque como afirma Slavoj Zizek[1], y parafraseando al autor, el neocapitalismo no solo funciona en contextos democráticos, sino que aún lo hace mejor en las autoritarias sociedades asiáticas. Así, lo único innegociable parece ser el sistema capitalista globalizado, porque éste posee cierta plasticidad en distintas formas de sociedad en las que puede operar incluso, como va descubriendo, mejor que en las idealizadas democracias liberales.

La Filosofía, por su parte, no es negociable. Su función estriba primordialmente, según mi parecer, en ahondar en los recodos más oscuros cuando todo se presenta casi zanjado y dicho. Ahí, en ese resquicio que puede pasar inadvertido, el filósofo debe adentrarse para desmontar el andamiaje que sustenta esa supuesta verdad elevada a base de falacias, engaños, enmascaramientos y voluntades perversas. Para la Filosofía, para quien se dedica a la Filosofía, cualquier discurso que presuponga la existencia de un pensamiento único, como conclusión de la historia, como límite y hallazgo de una cierta verdad, debe ser sometida a  la sospecha de la intención, la voluntad con la que se formula dicho relato; habría que apercibirse de que ahí se presenta un posible punto de partida para su indagación.

Establecido lo anterior, podemos adentrarnos en ese fenómeno que parece abrirse camino en el ámbito de la filosofía y que consiste en especializarla o fragmentarla atribuyéndole una función menor: filosofía de la resistencia, filosofía de la ejemplaridad, filosofía inacabada, filosofía del reconocimiento… De este modo, la intención del presente artículo es mostrar cómo esta aparente dispersión no es en absoluto un minimalismo fruto de haber sido absorbidos por el entorno, sino una respuesta –enraizada en el contexto– que intenta traspasar la pétrea muralla del sistema desde sus poros más discontinuos y que constituye formas no opuestas de filosofía, antes bien complementarias y necesarias para ir forjando grietas desde las que sea posible la liberación y emancipación social e individual.

Apelar hoy a una filosofía del reconocimiento no niega la tradición hegeliana a partir de la que se estableció un diálogo sobre el sentido de ese reconocimiento[2]; por el contrario, asumiéndola, reformula los enclaves básicos de lo que en estos momentos puede constituir un pensamiento significativo. Pensar siempre para y por la existencia.

El reconocimiento debe interpretarse como un volver a conocerse, pero nunca como repetición de la autopercepción iniciática. Volver a conocerse implica descubrirse de nuevo con los recursos y la experiencia que nos proporciona el aprendizaje vital. Así pues, este reconocerse es un acto dinámico que el sujeto realiza viviendo, por lo que necesita, en sentido aristotélico, ser actualizado.

Ahora bien, este primer paso, que reconoce la propia identidad y su capacidad de auto-constatación y modelación, exige necesariamente el reconocimiento del otro como el alter que me permite desarrollar aspectos de mi propio ser y sin el cual no sería humano –sí quizás cualquier otro ente desconocido para nosotros. La importancia del binomio identidad-alteridad se revela como la condición sin la cual no hay posibilidad de reconocimiento del mundo. De hecho, la tradición desde Hegel se ha ocupado con más ahínco en cómo la justicia reconoce al individuo sus derechos, en cómo se da la reciprocidad del reconocimiento en los individuos para sentar las bases de un Estado en igualdad, es decir, finalmente todos han recabado en el aspecto social y político del término. No es el énfasis de este artículo, porque, como veremos a lo largo del blog, la idea es desarrollar una filosofía del reconocimiento que oscile desde el yo al diagnóstico y reconocimiento de una realidad que no puede ser festejada. No hay tanto que celebrar como que lamentar.

[1] La nueva lucha de clases.Los refugiadosy el terror.S.Zizek. Ed. ANAGRAMA.Colección Argumentos. Barcelona 2016
[2] Formato Documento Electrónico(ISO)
DE LA MAZA SAMHABER, Luis Mariano. Actualizaciones del concepto hegeliano de reconocimiento. Veritas [online]. 2010, n.23 [citado  2016-08-18], pp.67-94. Disponible en: <http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-92732010000200004&lng=es&nrm=iso&gt;. ISSN 0718-9273.  http://dx.doi.org/10.4067/S0718-92732010000200004.