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De pequeños, mis hermanos y yo acostumbrábamos a adentrarnos en una zona de chabolas gitanas que se hallaba al lado de casa. Sorteando un declive, con más o menos fortuna -ya que la hermana menor debía contar con unos dos años- deambulábamos medio escondidos en ese paisaje desolado. Nos sentíamos aventureros que por necesidad debíamos atravesar ese poblado, sabiendo que la gente que lo habitaba era altamente peligrosa. Hay que reconocer que la fantasía había sido alimentada a conciencia por mi madre al advertirnos, por activa y por pasiva, que nunca debíamos ir por esa zona. Cinco críos entre siete y diez años –más la muñequita- encerrados todo el día en casa, porque no estaban escolarizados, no podían hacer otra cosa, para buscar estímulos en su vida, que desacatar las órdenes recibidas y buscarse una aventura real como la vida misma. Las posibilidades que se les ofrecían debajo de la mesa del comedor ya habían sido saciadas por extenuación.

Así es que, ocultos entre las basuras y los coches destartalados, amontonando piedras –armas- en bolsas y bolsillos, iban cruzando la zona transversalmente. Hasta que algún niño del otro bando, un gitanillo, los localizaba y se desataba una concentración rápida por parte del enemigo para proceder a la expulsión de los intrusos. En ese momento tocaba correr, yo me hacía cargo de mi hermana pequeña, a la cual prácticamente arrastraba o cogía en brazos, mis hermanos se quedaban en la retaguardia lanzando piedras para cubrirnos y perdiendo algo de tiempo para que pudiera tomar ventaja. Los guerreros eran pues mis hermanos mayores y mi hermana un año menor que yo. Sabíamos que si alcanzábamos la parte asfaltada dejarían de perseguirnos. Ese límite debían de tenerlo autoimpuesto ellos, por sus padres, para que los vecinos no se quejaran de que iban tirando piedras a los niños del barrio. Cuando no sé si no era al revés.

Superada la aventura un día más, esperábamos un rato hasta recomponernos: que se nos fuera el color del esfuerzo del rostro, el sudor, y esa respiración jadeante entre risa y risa. Nos sentíamos héroes con dos vidas paralelas, la que nos imponían nuestros padres y la que nosotros, igual de real que la otra, éramos capaces de crear. Veíamos una luz al final del túnel, porque parecía posible salir de la caverna.