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Se adentraban, mis hermanos mayores, discretamente en las droguerías del barrio, dónde –por 5 pesetas la unidad- les guardaban botellas de colonia de litro, que más tarde mi padre rellenaba de un mejunje de diversos desinfectantes, enganchaba una etiqueta de corte comercial –que cumplía su función- e iba por  las empresas de hostelería de los pueblos de alrededor vendiéndolo como un potente anticucarachas. Así se pasaba una o dos semanas fuera de casa, hasta que recaudaba el dinero que consideraba necesario para tirar una quincena más. Mientras, nosotros contentábamos a nuestra madre rezando el rosario, haciendo la compra o –más bien- dejándola a fiar, jugando al parchís e intentando no alterar su frágil estado, porque de él dependía el nuestro.

Manteníamos una “champions” particular con los juegos reunidos, en la que participábamos los dos mayores, mellizos, y yo. Estábamos concentrados en las carreras de caballos y cada uno poseía cuatro, convencidos de que uno de ellos era la estrella otro el príncipe llamado a triunfar y así, sucesivamente, hasta el cuarto. Recuerdo las conversaciones sobre las diferentes cualidades que atribuíamos a nuestros caballos, el reconocimiento por parte de los otros y cómo poseíamos los tres la convicción de que esas figuritas de plástico, a las que denominábamos Rayo, Trueno,…y no recuerdo más nombres, tenían vida propia y constituían el proyecto más importante de nuestras vidas en el que estábamos embaucados. Quizás porque era lo único nuestro, lo que poseíamos por voluntad propia. Lo demás acaecía en la vida sin posibilidad de evitarlo, ni luchar contra ello. Solo había que tolerarlo y dejar espacio para lo realmente importante: las competiciones equinas.

Cierto es que mis dos hermanas –aunque una era bastante pequeña- quedaban excluidas de aquel mundo estimulante y con sentido. No sé exactamente como manejaba el tiempo sobrante la hermana con la que me llevo un año de edad. No sé qué supo construirse para encontrar algo de esperanza, porque aquella fue una época de encierro en casa. Quizás volvió a la soledad con la que años antes ya se enfrentó de manera forzosa. Digamos que ya tenía el alma horadada para vivir ese estado de adultos.