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El desencuentro cotidiano entre los padres, o eso parece. Gritos, golpes y cuatro enanos resguardados en un rincón esperando que cese, como casi cada día. Silencio, otro episodio más al contador interior. Salen hacia el comedor y, en ese instante, ven al padre dirigirse hacia la mesa con un aspecto extraño, un estado catatónico diríamos los adultos. Se sienta en una silla, mira fijamente y algo descompuesto hacia la nada. Tiene un cuchillo en la mano que aprieta con fuerza. Los enanos, que no son más que criaturas aterrorizadas, empiezan a gimotear nerviosos. La madre intercede a espaldas del padre gesticulando y garantizándoles a sus hijos que no hay nada que temer, que todo lo que observan no es más que teatro por parte del padre. Que siempre finge lo que no es. ¡Vaya! lo mismo que les dice el padre cuando ella intenta tirarse por la ventana y ellos acuden presos del pánico a evitarlo. Parece que viven en un mundo falaz, donde nada es lo que parece, porque la teatralización es la manera de comunicarse con los demás, cuanto más dramática mejor. Ellos están aprendiendo y no conocen el código. Aún confunden lo real con lo ficticio. Ese  será su reto. Discernirlo dentro del ámbito familiar y saber en el exterior qué deben fingir. Finalmente, ¿Quién es capaz de construir su identidad? Condenados a ser enanos, a no crecer por falta de un eje estructurante a partir del cual el yo y el no-yo posean una diferenciación coherente.