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Esta vez la aventura prometía. Se les antojaba doblemente excitante porque no solo consistía en rebañar de los estantes del supermercado aquello acordado, sino porque la madre capitaneaba la operación. Se mostraba nerviosa, indecisa pero ellos sabían cómo calmarla y sentían la necesidad de satisfacer sus deseos, para mitigar su angustia, obteniendo los ansiados trofeos.

Formaban una comitiva de seis personas: la madre, que iría acompañada de la pequeña de cuatro años, mientras finge mirar por los pasillos  para acabar adquiriendo dos productos; y los cuatro hermanos más mayores –entre nueve y doce años- que bajo la mirada tensa y disimulada de la capitana irían cumpliendo su misión. El pacto era claro, si pillaban a alguno la madre mostraría su sorpresa y repulsa ante tal hecho. Todos entendían que eso debía ser así. ¿Cómo podía admitir la madre que estaba en el ajo?

Con la ilusión de un niño que desea antes que nada agradar y satisfacer a su madre para verla feliz, se adentran en el establecimiento y tras la madre empiezan a dispersarse como las ratas del flautista de Hamelin. Se conocen a la perfección la ruta de frecuentar el sitio, se han dividido los pasillos y cada uno tiene claro que productos debe obtener y también las precauciones que debe tomar. No siempre es posible coger todo lo se proponen, a veces el riesgo es elevado y ven el rostro de su madre como si a la vez insinuara “te van a coger” y “ya sabía yo que tú no podías”. Esa fisonomía ambigua se tornaba indecisión en las acciones de los pequeños, y nerviosismo por lo que acababan por actuar temerariamente o paralizarse. Sabían que faltara lo que faltara, siempre debían llevar chocolate, porque ese presente compensaba otras carencias a la madre. No es que ella hubiera dado esa orden. Sus órdenes eran palabras huecas que mostraban un intento de preocupación por sus hijos, pero que ellos aprendieron con el tiempo no era la verdadera voluntad de su madre. Las decía porque era lo que correspondía, pero no porque expresaran su querer. Así, expertos en interpretar los mensajes velados recorrían los pasadizos oscilando entre la prudencia, el riesgo y el ansia de satisfacer el rostro siempre triste de su madre.

Con un gesto se daba por finalizada la batida. Todos iban acudiendo a la caja donde la madre pagaba el par de productos comprados y les recriminaba dónde se habían metido (por si acaso). Al salir al exterior debían mantener la compostura, y solo cuando habían doblado la calle y se habían alejado un poco, explotaba un algarabío intentando enseñarle a la capitana el botín para poder obtener el reconocimiento y ser testigos del cambio de semblante de esa líder tan especial. Alguno permanecía cabizbajo porque sentía la culpabilidad de su torpeza y prefería pasar desapercibido antes de que su madre le atestara con un “es igual, pero para qué quiero eso”

Habría que esperar una nueva oportunidad para ser más valiente y robar mejor para su madre.