Etiquetas

Construyeron una cabaña secreta bajo la mesa del comedor, que cubrían con una sábana en los ratos en que sus padres se ausentaban. Disponían de todo cuanto se les había ocurrido y habían logrado conseguir: víveres sustraídos de la cocina sin que nadie se hubiese apercibido, cojines para estar más cómodos, cartas para pasar el tiempo, y mucha imaginación, aunque de eso ellos no tuvieran certera consciencia. Era tan real lo que se deslizaba de sus cuerpos y sus manos en aquellos espacios de libertad, como lo que acontecía con el regreso de sus padres. ¿Por qué no iba a serlo si la intensidad de lo vivido era pareja? ¿Qué criterio se usa en casos como esos para discernir lo verídico de lo falaz?

Aquella cabaña constituía la existencia que ellos elegían vivir, con limitaciones, claro está. Los cuatro críos sabían mucho de impotencia y de límites, por eso basaban sus historias en lo posible y siendo cuatro pues, no había muchas combinaciones posibles. Así, se agruparon por parejas de sexo contrario. Tal vez era un gusanillo más incipiente en los chicos, pero aquello era un equipo y construir una realidad paralela dentro de una casa les pareció que exigía que hubiera dos parejas conviviendo juntas. La asociación tan solo satisfizo a una de las parejas. Era inevitable. Y mientras la que se sentía agraviada se mantenía distanciada en los momentos de intimidad y con los morros especialmente desarrollados, la otra tenía quizás una cierta experiencia iniciática en el erotismo y el sexo. Lógicamente después era minimizada por todos, por los que observaban, por los que experimentaban, y por aquellos que alguna vez tuvieron noticia, porque al fin y al cabo todos los niños juegan a médicos y enfermos. Forma sublimada de explorar el cuerpo del otro. Aunque en el caso de la cabaña oculta bajo la mesa, nunca hubo sublimación y sí una huida colectiva de la palabra incesto. De hecho las tribus más primitivas se reproducían entre ellas, eran endogámicas porque no había alternativas. Chicos aislados socialmente durante años acaban recurriendo para cubrir sus necesidades afectivas y de desarrollo a los que conviven con ellos. No resulta tan extraño.

Los grandes momentos compartidos en la cabaña secreta se producían cuando se disparaba la alerta ante la posible llegada de los padres. Tendrían que desplegar toda su agilidad para desmontar su vida paralela y devolver cada cosa a su lugar, si no querían que su madre notara algo descolocado –que cuatro niños solos en el período de tres horas no debían hacer- y le diera uno de sus ataques de histeria culpabilizándolos porque ella nunca más saldría de casa. Y a continuación se pasara tres días seguidos levantándose tarde sin hacer nada, para que el taladro de la culpa perforara irremisiblemente el corazón de los que solo habían buscado tres horas de alivio.