Etiquetas

Las navidades constituían un oasis de esperanza. Era el tiempo en que parecía legitimado soñar porque todo era posible. Así que cada uno tejía sus deseos más íntimos que no eran compartidos ni en la comunidad creada bajo la mesa.

Curiosamente, la niña del semblante que engañaba, pensaba y suplicaba con todas sus fuerzas un trabajo para el padre y un coche. El auto era en realidad para la madre, quien siempre se quejaba de no tener uno como  todo el mundo. Hubo un tiempo en que el padre se hizo con un seiscientos y en él, cinco churumbeles y dos adultos, se trasladaban por Madrid con un conductor sin permiso de conducir, aunque él aseguraba saber manejar un auto. La situación era tan tensa que la madre decidió prescindir del coche, hasta que no contaran con dinero para que el padre pudiera obtener el mencionado permiso. Pero, la niña del semblante que engañaba pensó que si disponían del coche el siguiente trámite se aceleraría y la madre estaría más contenta –su fatídica obsesión- Por ello se reafirmaba día a día y se esforzaba mentalmente en su petición del trabajo y el auto.

Además, ella estaba algo confusa sobre la condición de su familia. De hecho el no acudir a la escuela los hacía distintos, así como las dificultades que tenían en determinados periodos en los que vivían sin luz,  o sin agua o sin gas y aquellos otros en que solo hacían una comida al final del día, cuando llegaba el padre con algo para alimentarse. Las familias que veían en la televisión no eran así, por eso ella llegó a pensar que eran pobres, aunque la madre le dejó bien claro que no. Los pobres son andrajosos y viven en condiciones asquerosas. Ellos ni mucho menos son pobres, solo pasan por alguna dificultad económica, que es muy diferente. Esto junto a las películas de Dickens que veía por televisión la convencieron de que ser pobre es algo mucho más serio y que ellos no tienen de qué quejarse.

De este modo, cuando llegó el día de reyes y ninguna de sus peticiones se cumplió lo entendió a la perfección. Era de justicia. Si a alguien debían auxiliar los magos de oriente, con este tipo de peticiones, era a los pobres, no a ella o a su familia que solo tenían pequeños problemas económicos. Esto la ayudó a no ser caprichosa y a llamar a las cosas por su nombre, cosa que en experiencias futuras le iría muy bien. Así fue aprendiendo a no esperar nada, ya que nada le correspondía porque no carecía de nada básico. Sus hermanos debieron ir aprendiendo la misma sintonía aunque cada uno lo fue manifestando como supo. Al lado de la niña con el semblante que engañaba, se cobijaba la niña del rostro infeliz, el niño de la faz ingenua y el niño del rostro pícaro. Todos ellos habitaban la cabaña bajo la mesa, tras haberse fugado varias veces por el agujero de la caverna.