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El primer año de escolarización –estable y definitiva-se produjo viviendo en el pequeño pueblo costero. Fue un curso peculiar porque la tendencia de los cinco hermanos era la de mantenerse juntos y eso no estaba previsto en el centro escolar. Aunque al ser una escuela nacional –como se la denominaba entonces- era mixta, niños y niñas ocupaban partes bien diferenciadas del edificio. La más pequeña que se incorporó en párvulos, al inicio del proceso de escolarización, era la más apartada en el reparto geográfico. Compartía el patio con un grupo de deficientes que acudían al colegio de edades diversas y que  le provocaban pánico, motivo por el cual sus dos hermanas se colaban en el patio de los pequeños a esa hora para consolarla.  Pero, evidentemente, las maestras siempre la expulsaban sin ninguna contemplación. Cuando, sigilosamente, se adentraban en el patio, veían y oían a su hermanita correr y llorar como una posesa, presa del terror, hasta que veía a una de sus salvadoras y se abalanzaba en sus brazos. Intentaban calmarla y convencerla de que no le pasaría nada porque estaban las maestras, pero la rigidez de estas no les ayudaba demasiado. Con el tiempo la pequeña fue constatando que manteniéndose a la debida distancia los gigantes no eran tan peligrosos, y que a veces parecían más temibles aquellas maestras que se hacían pasar por amigables. Se fue adaptando, como siempre habían hecho sus hermanos y ella estaba llamada a repetir.

Los cuatro mayores encontraron en el patio de la hora del comedor su válvula de escape –y nunca mejor dicho- El colegio estaba rodeado por un muro de piedras y antecedido desde el interior por un pineda a la que tenían prohibido el acceso. Si, a pesar de ello, entraban en la oscuridad entre los pinos se apercibían que se podía pasar sin dificultad del patio de las chicas al de los chicos y viceversa. Además, el muro era en esa zona de una altura menor para incorporarse y comprobar la altura a saltar hacia el exterior. Constatado todo eso, ningún espíritu curioso se hubiera conformado, así que un día quedaron por primera vez en los pinos, en la confluencia de los dos patios, los cuatro hermanos y un amigo de los niños que se apuntó a la aventura. Deslizarse hasta el exterior fue fácil, aunque la altura hasta la calle no era menospreciable. Una vez afuera empezaron a correr para encontrar un escondite porque en un pueblo pequeño corrían el riesgo de ser vistos por cualquier conocido e interrogados sobre su presencia a esas horas en las calles. Realmente, era arriesgado escaparse del colegio a esas horas, pero para ellos tenía el aliciente de tener que esconderse de todo el mundo y volver a internarse en el colegio antes de que empezaran las clases de la tarde. Nadie puede negar que no fuera un juego emocionante y un reto para chavales inquietos. La aventura se fue repitiendo en varias ocasiones hasta que, en efecto, los pillaron. El castigo, de entrada, fue que aquel día se quedaron una hora más en el colegio. Pero el verdadero castigo para las niñas de los rostros marcados fue el sufrimiento de saber que su hermana pequeña estaría fuera del colegio esperándolas y que si no aparecían se asustaría mucho. Por más que rogaron que una de ellas pudiera salir a recogerla y meterla dentro, no hubo manera –aun no era el tiempo de los derechos de los niños, sino del autoritarismo de los adultos, que nos ha llevado a un caótico absurdo-

Así, al salir del recinto escolar volvieron a topar con su hermana desconsolada, con el sentimiento profundo de que se habían olvidado de ella, de que la habían abandonado, cuando tal vez quien se había olvidado, cómodamente, de todos había sido la madre, quien a menos de cinco minutos del colegio no había sido capaz de desplazarse a comprobar qué pasaba. Un retraso de hora y media de cinco niños de cuatro, nueve, diez y doce años que viven a menos de cinco minutos y que hasta ese día no se han retrasado lo más mínimo.

Al regresar la madre estaba indignada por el sufrimiento que le había producido el retraso y porque esos disgustos iban a acabar con ella. Ya era tarde para ir a “comprar” al supermercado, habría demasiada gente. La culpa iba engrosándose como si fuera espuma y como siempre no por hacer lo que es propio de unos niños traviesos: escaparse del colegio. De eso no hubo lugar para hablar hasta que el colegio citó a los padres. Aunque ya no hubiera hecho falta, fue lo último que se les volvió a pasar por la cabeza. Tal vez la hermanita pequeña entendería algú día que ellos nunca la abandonarían, que en realidad los únicos que tenían el poder de abandonar eran el padre y la madre y, de alguna manera, ya lo habían hecho. Por eso ellos intentaban protegerse mutuamente.