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Los habitantes de la caverna realizaban otras prácticas que no a todos complacían. El mercado al que acudían alguna vez a comprar sus padres regalaba, cuando la ocasión lo permitía, pollitos recién nacidos a los clientes. Así que, al regresar de la compra, les sorprendían con una caja de zapatos llena de agujeritos y un sonido muy tenue que no era más que la piada de las crías. Para los niños era una gran fiesta, llena de emoción. Tenían que adecentarles la cajita para que pudieran conservar el calor, ponerles trapos como si fueran mantitas y velar para que la vida les durara más de los tres o cuatro días habituales. Era un reto y una responsabilidad que asumían con cierto nerviosismo.

En una ocasión, la niña del rostro infeliz se hizo a escondidas con la casita de los pollitos y, sin que nadie –ni ella misma- entendiera nunca el porqué, los fue asiendo por el cuellecito casi inexistente y asfixiándolos uno a uno. La hermana mayor la sorprendió en plena faena y horrorizada intentó detenerla, pero fue imposible. Se hallaba poseída por una rabia inmensa que descargaba sobre cada uno de esos seres  indefensos como si nada más fuera viable. Cuando hubo terminado  los volvió a depositar en la cajita y ambas guardaron silencio.

Esta no fue la única conducta sorprendente y agresiva de los hermanos. Hubo otra que se dio de manera algo más reiterada, pero que poseía una naturaleza diferente. Mientras que la  pequeña infeliz había sido presa de un ataque de rabia que algún hecho, insignificante para los demás, le desencadenó; la forma de comportarse del niño pícaro era más elaborada, no era una reacción impulsiva a un “ataque”, sino una acción.

Cuando el reloj advertía que el resto de niños habían abandonado la escuela, los hermanos podían gozar de un rato en el parque. Exploraban la tierra, los matorrales y las plantas ya que solían encontrar cosas distintas de las que tenían en casa: chapas para aumentar la colección y las posibilidades de juego, algún diminuto muñequito perdido por otro niño e insectos. Los preferentes del niño con el rostro de pícaro eran las lombrices de tierra. Las cogía con dos dedos, las depositaba en un círculo que conformaban los hermanos y comentaban sus características y movimientos. Lo que le provocaba auténtica fascinación era seccionarla por la mitad y constatar que cada parte conservaba la vida con una agitación electrizante. Después de observar unos momentos, procedía a seccionar nuevamente, ahora cada una de las partes resultantes de la anterior disección, y así hasta que alguno de los hermanos no podía más y salvaba de la tortura al insecto, aplastándolo con la suela del zapato. Se creaba un ambiente algo desagradable y tenso, que se iba disipando en el momento que conseguían cambiar de ocupación. Aunque el niño del rostro pícaro no abandonaría el parque sin repetir por última vez su sobrecogedor experimento. La satisfacción que le producía la expresión de su poder y el goce con el sufrimiento de criaturas inferiores no constituía la manifestación directa de la ira,  sino la elaboración de una respuesta vital ante los posibles ataques externos, basada en el enaltecimiento del yo y la insensibilidad.

En aquel entonces no tenían más importancia que la de ser simples travesuras infantiles. O también formas de experimentar con el mundo. Aunque tal vez, la forma de relacionarse y explorar el mundo respondiera a lo que habían recibido de él.