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Los relatos son discursos estructurados que facilitan la comprensión del mundo. Los infantes necesitan ir incorporando  narraciones que les ayuden a situarse en la realidad e ir asumiendo las nuevas experiencias. Cuando estos relatos se convierten en diversos paralelos, simultáneos y contradictorios la confusión mental que genera en los niños puede generar trastornos difíciles de revertir.

Los hermanos que por iniciativa propia necesitaron crearse una vida al margen de la que sus padres les habían proporcionado, debieron conjugar al menos dos discursos simultáneos: el que según sus padres explicaba la situación que vivían y la versión que podían dar, en caso de necesidad, fuera del núcleo familiar que consistía en ocultar básicamente que su vida no era como la del resto de familias de clase bien. Esta dualidad de discursos era problemática para una mente infantil. En primer lugar porque los críos sentían la culpa de ser y vivir como lo hacían, ya que debía guardarse en secreto para evitar semejante vergüenza. Además, según la versión parental la causa de la situación era la mala suerte y la desgracia, con lo que interiorizaron el temor de ser perseguidos por ese estigma el resto de sus vidas; un destino del que difícilmente podrían zafarse. En segundo lugar, el hecho de tener que fingir quienes no eran y de ejercitarse en el arte de mentir desarrollaba en ellos la tendencia a ser unos impostores, sin toda la capacidad para ir dilucidando qué es verdadero y qué es falso. Los mutilaba emocionalmente para establecer vínculos de confianza, porque siempre tenían una zona gris que debía ser encubierta, y que era la más auténtica. Ninguno osaba ser un traidor.

Por último, el descalabro discursivo se complicó cuando  se apercibieron que la manera en que habían recibido el relato “auténtico” de su vida, era también falaz. En lugar de mala suerte, tal vez hubo malas decisiones o tomadas impulsivamente; en lugar de desgracia, quizás hubo irresponsabilidad y falta de capacidad de hacerse cargo de una familia por parte de los padres; en lugar de un estigma, acaso hubo un narcisismo patológico que tendió a la autosatisfacción a costa de los pequeños enanos.

Pero de todo esto, ellos no supieron nada. Todo su afán fue colaborar y ayudar a sus padres. Se sintieron un equipo que vivió su infancia con intensidad y que estuvo dispuesto siempre que los padres los requirieron para lo que hiciera falta: limpiar, comprar, mudarse, robar, mentir, trabajar desde la más tierna infancia y rezar el rosario. Fue esa experiencia de compañerismo y comunidad entre ellos lo que les fortaleció más ante un enemigo que vivía en casa, no solo fuera.