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Hay enfermedades crónicas que son cruces pero en absoluto salvíficas. Antes, suponen limitaciones severas en la vida de los que las padecen y el efecto sobre la forma de mirar el mundo no puede compensar el dolor que les causan. Así, nadie elegiría la enfermedad a cambio de su transformación espiritual. Cualquiera, si pudiese, retrocedería a tiempos anteriores en que, pobres de valores, disfrutaban de una salud envidiable. Por ello, no salva lo que hunde en la miseria sino que nos convierte en supervivientes malheridos.