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Adolescente es un término que proviene del latín  “adolescere” que significa crecer, madurar, criarse; es un verbo compuesto del prefijo “ad” –hacia-, y del incoativo de “alere” –alimentar, nutrir, criar-. Parece ser que el exceso de imaginación y una asociación errónea pero no arbitraria, ha generalizado la creencia  de que su origen latino le otorga el significado del que adolece o carece de algo, cuando, como hemos visto, su etimología indica lo contrario.

Esta interpretación extendida no es en absoluto caprichosa, al menos en nuestra época, se ve reforzada por el hecho de que la adolescencia sea una fase turbulenta emocional y físicamente, en la que el individuo está sometido a cambios propios y de exigencia social, que provocan un estado de confusión entre los patrones morales y culturales inculcados y la búsqueda de la propia identidad.

Ese yo que delinea los límites con lo otro, se va articulando simultáneamente con el reconocimiento ajeno. Sin esa dialéctica entre el intento de definir quién se es y la verificación y autentificación de los otros no cabe ninguna posibilidad de adquirir una identidad.

No obstante, es cabal destacar que esa supuesta identidad no está constituida y definida nunca de forma absoluta. En la medida en que la propia experiencia vital y la conexión con el entorno van modificándose, lo hace a la par lo que se considera constitutivo del individuo. Así, la falta de sustancialidad, en el sentido de no ser un sujeto estático y fijado de una vez por siempre, se agudiza especialmente en una sociedad en la que las formas de vida van mutando vertiginosamente. Es constatable que sin un entorno estable y unos patrones consensuados socialmente que puedan acoger y enmarcar la diversidad, el proceso de maduración se retarda. Aunque cada cual debería poder ser quien va decidiendo, en un contexto en que  la ausencia de una discriminación ética sobre los límites de lo tolerable, esta autoconstrucción se ve sumida en una confusión supina. Aquí, cabe destacar la función del núcleo familiar –sin prejuzgar cuál debe ser- en la educación de los infantes que proporcione un marco axiológico de referencia para la ulterior elección de los propios valores.

A esto hay que añadir un factor determinante en el lento proceso de maduración, el contexto económico y cultural de la era de un capitalismo pujante que se impone como el criterio de discernimiento. La crisis económica mundial, la globalización y el desarrollo tecnológico han generado un panorama  de incertidumbre, inestabilidad y precariedad laboral que dificulta –rozando casi la imposibilidad- la emancipación de los jóvenes que permanecen en su refugio parental, prolongando su adolescencia hasta edades inconcebibles años atrás. Pero, para complicar aún más este enjambre coyuntural, la política neocapitalista abona un terreno plagado de necesidades artificiales que solo pueden satisfacerse mediante un consumo irreflexivo que en los países más desarrollados se ha vinculado a una vida digna y feliz. Esta contradicción entre lo posible y lo real o accesible es relevante porque crea unas expectativas en los jóvenes que raramente podrán cumplir.

Tenemos por tanto, un contexto elitista laboral que acoge a una minoría multi-formada –grados, masters, posgrados, idiomas, etc.,..- y con contactos significativos, y excluye a la mayoría del tipo de vida que insistentemente se muestra como el referente de felicidad, y por ende inculca valores fundamentalmente crematísticos para conquistar este estado anhelado.

El horizonte de unos adolescentes que se debaten interiormente por el tipo de persona y de vida que quieren tener, se ve confrontado con una sociedad en la que el criterio axiológico es el dinero como medio imprescindible para poder llevar una existencia autónoma y satisfactoria, mediante el consumo de bienes materiales que pretenden sustituir la ausencia de referentes, la cual deriva, desgraciadamente,  en un laxitud ética del “todo vale” en la medida en que la individualidad y sus peculiaridades deben ser respetadas, sin tener en consideración el bien común de una sociedad que exige, para serlo, un nexo de principios éticos y un pacto para propiciar una vida felizmente posible.

Concluyendo, la adolescencia inacabada es un requisito de la sociedad de consumo que se nutre de clientes impulsivos que “sobreviven” gracias a la adquisición de bienes que exceden su poder adquisitivo y prolongan, a base de la imperiosa necesidad del satisfacer inmediato, una perpetua dependencia de la comunidad parental de la que solo pueden liberarse con un esfuerzo y sacrificio a contracorriente. Ni se ha educado a esta generación, que fácilmente ha disfrutado de mucho, en el voluntarismo y la claridad de objetivos a medio plazo, o lo que es lo mismo en la convicción de que sin esfuerzo no hay resultados óptimos –aunque éste tampoco es garantía de prosperidad necesariamente-  y por el contrario se le ha ofertado una vida de publicidad, que existe en la mayoría de los casos en los filmes que aun pregonan el sueño americano.

Las sociedades en vías de extinción del bienestar, son aniquiladas por un sistema neoliberal que recrudece las condiciones de vida para la mayoría y eterniza la adolescencia de una generación que ha tenido muchos más de lo que posiblemente podrá adquirir por sí misma.