Amaia

La risotada de un infante que, por un ínfimo suceso –como el choque de una pelota contra la pared-, se desprende espontánea y sincera, produciendo un revolero en su cuerpecito para recuperar la estabilidad, es un auténtico renuevo para el interior deteriorado del adulto que “le cuida”. Así, tras una jornada de jugueteo se da un efecto recíproco entre quien vela por el bienestar del pequeño y este que, aprendiendo a bocanadas los signos de comunicación entre humanos, nos compensa con gestos y expresiones propias que rescatan esa ternura que parece haberse deslizado por el barranco de la vida.

La palabra que nos dirige con una vocalización pastosa, pero cuyo significado conoce, apela a nuestro yo, reconociéndonos y haciéndonos saber que ya ocupamos un lugar propio en su diminuto mundo. Y esa llamada nos revaloriza como personas capaces de conectar con la sencillez y simplicidad de una existencia que se inicia, ante la propia que parecía envuelta en el hollín de la experiencia.

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