La hipersensibilidad

La hipersensibilidad suele acompañarse de una capacidad empática desbordante. Esto, porque si la habilidad de sentir, incluso lo implícito e inconsciente que el otro nos transfiere, rebasa el umbral de lo que otros pueden captar, de igual forma ese exceso sensible permite compadecerse, o en términos más actuales, empatizar, es decir sufrir y sentir lo que el otro soporta.

Esta aptitud, que viene de serie aunque puede haberse hiperdesarrollado por el exceso de estímulos nocivos del entorno, constituye una virtud –no en sentido moral- y un castigo, ya que sentencia al individuo a una turbulencia emocional, una epidermis sensitiva, que le lleva a padecer por lo propio y lo ajeno.

Quien se siente azotado por el mal de la hipersensibilidad solo puede aprender a modular los excesos emocionales para que sus acciones se ajusten a lo que resulta más favorable para todos. Ni experimentar más de lo que el otro conscientemente nos transmite, ni verse impelido a vivir el mal de los otros. Este equilibrio es imprescindible para que la vida del sujeto y de los que le rodean adquieran una autonomía necesaria para que la sensibilidad sea un apoyo y ayuda a uno mismo y al otro, y no una forma perniciosa de dependencia.

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