Máscara y rostro

Un comentario

Hay una espesa neblina que recorre todo el paisaje interior; opaco, inescrutable, pero no por ello preso de la quietud que nos indique ausencia de sentir o de emoción. Al contrario; esa capa que oscurece cada recodo dificulta la identificación de lo que sucede, pero tras ella no cesa el fluir ondulante e inquietante que trastorna ese estar, sin posibilidad de descifrar su naturaleza ni, por ende, los mecanismos para apaciguarlo.

Lastrados por una borrasca de origen incierto, nos parece ser lo que se oculta más que lo aparecido, lo subterráneo, lo que palpita independientemente de nuestro ser vegetativo; como si contuviésemos una constelación de razones que dan cuenta de esa doblez que nos define pero a la que de ninguna manera tenemos acceso.

Es una dicotomía desasosegante que palidece el rostro y nos exige, para no ser apercibidos, la implantación  de una máscara que los otros identifican con nuestro ser; a pesar de que ellos se nutran de ocultaciones similares y turbulencias miméticas. Constituye, finalmente, un consenso y un reconocimiento tácito, la evidencia de que ninguno somos lo que parecemos, y lo que yace bajo ese sucedernos no es, en absoluto, una muestra  fidedigna de quiénes somos.

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