Crítica de la obra “Huérfanos de Sofía” Editorial Fórcola. Por Rafael Robles

Un comentario

Tras leer la reseña os invito no solo a la lectura del libro, sino a comprobar la lectura desgajada que realiza Robles del capítulo 2 de la que soy autora. Entiendo que aferrarse a frases de un artículo sin atender al contexto de “lo que se dice” y “cómo se dice” es una forma poco analítica y muy filtrada por la adhesión emocional, que arrastren tal vez al autor de esta reseña, que parece identificarse exclusivamente a todo lo que sin una lectura más profunda resuena a aires refescantes de esa cada vez más cuestionada “nueva educación” en muchos de sus aspectos. Ignorar, por lo tanto que la base de la metodología que propongo en el aula es el diálogo socrático, es a mi juicio haber merodeado superficialmente sobre la tesis que sostengo en mi artículo. En cualquier caso, sin controversia no hay filosofía y nada mejor que esta quede explicitada y pública para que colectivamente sigamos repensando cuál es la función de la Filosofía hoy. Os adjunto a continuación la mencionada crítica.

MUMBRU, Alex (coordinador), Huérfanos de Sofía. Elogio y defensa de la enseñanza
de la filosofía. Fórcola, Madrid, 2014, 243 pp.

Hay quien dice que la filosofía está amenazada de muerte porque la nueva ley educativa altera su horario y de forma sus contenidos. Es preciso, por tanto, aclarar que lo que está en riesgo son las asignaturas del Departamento de Filosofía de los institutos españoles, pero no la filosofía en sí porque es precisamente en los momentos complicados cuando más importancia adquiere el pensamiento filosófico y con mayor rotundidad se extiende su crítica labor. En este sentido ha surgido un libro filosófico que no hubiera existido si no se cernieran amenazas sobre las asignaturas filosóficas en la educación secundaria; Huérfanos de sofía. Elogio y defensa de la enseñanza de la filosofía, publicado por Fórcola, alimenta el debate y, con él, la argumentación sosegada que se requiere para frenar iniciativas recortadoras cuyas consecuencias son imprevisibles aunque, ciertamente, sospechamos que nada halagüeñas.
Me interesan particularmente los capítulos escritos por los profesores de enseñanza secundaria, quienes están al pie del cañón y conocen en primera persona la
problemática sobre la vulnerabilidad de la asignatura y las ciertas dificultades que surgen en el aula cuando se imparte. No obstante es de agradecer la fundamentación teórica sobre la legitimidad y necesidad de los estudios de esta asignatura que aportan varios profesores universitarios en los capítulos finales de este recomendable libro. Lo
imperdonable es que no se haya dedicado un solo capítulo a la enseñanza de la filosofía en la educación primaria, algo fundamental si queremos que los más jovencitos hagan del pensamiento crítico y creativo una actividad habitual de su vida de adultos.
El primer capítulo lo escribe el profesor Manoel Muxico y consiste en una interesante entrevista con cinco de sus antiguos estudiantes. De su exquisita educación y sus bien argumentados comentarios se deduce que Muxico ha escogido a estos jóvenes por su brillantez y capacidad analítica, pero echo en falta también otra entrevista con los estudiantes no tan modélicos, con los que padecen desestructuración familiar y problemas económicos e, incluso, hubiera sido bueno haber leído también una charla en la que intervinieran estudiantes disruptivos. Y es que ¿la asignatura de filosofía aporta algo a los que sufren carencias económicas o intelectuales o no es más que una materia apropiada para jóvenes brillantes y con las necesidades materiales cubiertas? La respuesta no es obvia, de ahí algunas de las justificaciones (erróneas) para tratar de extirparla de los planes de estudio.
El segundo capítulo lo escribe la profesora Ana de Lacalle y es el que más me ha sorprendido porque defiende una práctica didáctica en las antípodas de la comunidad de investigación que se supone que debería ser el aula. Indica la autora en su curriculum (que figura al final del libro junto al de los otros autores) que ha desarrollado cursos del programa de Matthew Lipman pero, sin embargo, escribe algo diametralmente opuesto a lo que propone el fundador del programa Filosofía para Niños: “el sistema educativo falla de raíz cuando propone una metodología en la que el alumno sea el protagonista de su aprendizaje y el profesor un mero orientador” (p. 45); a diferencia de Lacalle, sí creo que el profesor deba aspirar a ser un facilitador aunque, ciertamente, sea complicado lograrlo con efectividad. Tampoco me termina de convencer su propuesta de explicar en clase exclusivamente una historia de la filosofía en vez de filosofía-asecas (cfr. p. 50); de hecho, en mi modesta y quizá errónea opinión, habría que eliminar del temario a varios filósofos históricos que poco aportan al joven de hoy en día en comparación con otros contemporáneos que pasan desapercibidos para quienes diseñan el curriculum oficial. Me parece claro que se puede filosofar sin conocer la historia de la filosofía, especialmente cuando se trata de enseñar filosofía a los adolescentes; sobra decir que de esto no se desprende que la historia de la filosofía deba ser fulminada. En cualquier caso siempre se agradece conocer formas distintas de entender la didáctica para cuestionarse uno mismo si va por el buen camino en el difícil arte de educar.
Es inevitable que un libro de filosofía escrito por tantos autores entrañe numerosas perspectivas, a veces contradictorias entre sí. De este modo al texto de Lacalle se le opondría el del profesor Ramón Sánchez Ramón —más próximo a mi forma de entender la educación— para quien “los protagonistas no somos nosotros, los profesores, sino los alumnos” (p. 59). Comparto totalmente su discurso crítico sobre cómo se entiende la figura del profesor: “El alumno calla, las miradas convergen en del escenario, y la voz devuelve a la mirada un saber clausurado que es vertido en los alumnos a los que supone ignorantes. Es una escenificación de la autoridad que convierte al alumno en cosa, en un vaso que debe ser llenado (…). El profesor no es profesor porque como tal lo reconozcan los alumnos, sino que llega al aula ya revestido de autoridad. Su derecho a la palabra no se lo da la mirada de los alumnos, ni su mutuo reconocimiento, sino la autoridad que desde fuera ha montado el escenario y ha escrito el guión. Ser profesor no es una circunstancia vital, ni una experiencia, sino un título que viene dado antes de comenzar la clase” (p. 62). Prosigue Sánchez afirmando que “Nuestras clases tienen que ser un lugar donde se hagan preguntas que importan y nuestro trabajo es mostrar que merece la pena buscar respuestas, aunque sea una tarea trabajosa y que exige estudio, conocimientos y un aprendizaje. Debemos apartarnos de la cabecera del aula y ponerlos en conversación con los que nos han enseñado a pensar” (p. 74).
Estoy convencido de que si la filosofía se explicara siempre a la manera lipmaniana no habría generado tanta animadversión entre la sociedad. Y es que, seamos sinceros, las prácticas didácticas pobres —y no la filosofía per se— están en el origen de la mala fama, con sus excepciones, que tiene esta asignatura entre la sociedad, hecho que ha sabido aprovechar el gobierno para demagógicamente atacarla con la complicidad silente de las
gentes.
El siguiente capítulo lo escribe otro profesor de secundaria, Damián Cerezuela Frías, que
prosigue la línea socráticalipmaniana del capítulo anterior, en el que destacaría el siguiente párrafo con el que me identifico: “Con la ayuda de textos sencillos o adaptados, y ejerciendo de posibilitador mayéutico, la clase podrá convertirse en una comunidad de investigación filosófica siempre que se evite caer en una especie de debate televisivo donde lo importante sea vencer” (p. 85).
A continuación escribe el profesor Àlex Mumbrú, coordinador del libro a quien hay que felicitar por tan importante iniciativa.
Su escrito trata sobre las servidumbres de la filosofía y da con la clave de la esencia de la didáctica de la filosofía, con la que estoy de acuerdo:“Pero si me lo sabía todo”, arguyen. No es hasta que perciben que no se les pide una repetición papagayesca de los apuntes e clase, sino una argumentación razonada y coherente sobre un determinado problema, que comienzan a comprender por dónde discurre la asignatura (p. 104).
El más crítico de todos los capítulos es el de Salas Sánchez Bennasar que no deja profesor 
universitario con cabeza. Me limitaré a compartir algunas de sus perlas: “Los profesores daban las explicaciones sin notas, sin ganas; llegaban tarde, se iban temprano, o directamente no aparecían. Como anécdota: ya sabíamos los alumnos que no hacía falta ir a la clase de cierto profesor se caía el día después de un partido del Barça. No me lo invento” (p. 109). Ahora me siento horrorizada de la timidez inculcada en mí a base de apuntes catatónicos y afirmaciones categóricas. Así que el primer año en Londres fue para mí un año de ruptura, de intentar deshacerme del bagaje que arrastraba. (p. 111). [En Inglaterra] el profesor no se ofende si el estudiante le pone pegas y le pide explicaciones, sino todo lo contrario (p. 112). Es innegociable la concepción de la filosofía como diálogo (p. 114). [En España] la educación de la filosofía no está dirigida a formar buenos pensadores (p. 118).
Los últimos siete capítulos los escriben profesores universitarios que no sé si compartirían las palabras de Sánchez Bennasar. Son disertaciones acerca del papel de la filosofía en la educación y en la sociedad en general, analizada desde diversas perspectivas: la fenomenología, la teoría de campos de Bourdieu, la ética aplicada, etc., que merecen ser leídos con atención porque ayudan a entender las razones profundas que explican que la filosofía sea importante en el proceso formativo de los adolescentes. En definitiva, Huérfanos de Sofía es una lectura obligatoria para profesores —no solo de filosofía— que deseen mejorar su labor docente y reflexionar sobre la importancia de su trabajo personal y diario en el aula de filosofía, labor que estos días tanto parece cuestionar la sociedad en general y el gobierno en particular.

HASER. Revista Internacional de Filosofía Aplicada, nº 6, 2015. pp. 175-206
204 RESEÑAS/SECCIÓN BIBLIOGRÁFICA

RAFAEL ROBLES
IES “Francisco de Nieva”

Querría, para acabar, contraponer algunas citas del capítulo 2, tan cuestionado por Robles, para justificar o al menos sembrar la duda de si su lectura ha sido o no ciertamente honda.

“Retomando ladificultad de los jóvenes para seleccionar la información, considero -como Baumann- que estos se convierten en presas indefensas para aquellos que pretenden insuflarles determinadas ideas. La conversión de la información enconocimiento -y,por tanto, la elección significativa-no es algo que un adolescente pueda hacer por sí solo. Por eso, entiendo que el sistema falla de raíz cuando propone unametologlogía enla que elalumno sea elprotagonista de su aprendizaje y elprofesor unmero orientador(…)” pg.45

“Uno de los legados griegos a la educación fuelarelación maestro-discípulo con la que nos obsequió excepcionalmente Sócrates ¿Qué hay de tan excepcional en ella? La constatación de que el proceso de aprendizaje tiene lugar de forma privilegiada en la relación maestro-discípulo cuando esta es significativa, es decir, cuando la autoridad moral y la admiración que despierta el maestro cautiva la mente del alumno y surge en él la sed de saber -eso que llamamos “motivación del alumno”y que nadie sabe cómo conseguirla-” p. 48

“Es decir para educar una actitud filosófica enlosalumnos yo debo ser unmodelo que lesmuestre quela vida siempre exige reflexiones, porquelavida cambia, nosotros cambiamos ynuestras lecturas son otras. La pasión, elentusiasmo, la vivencia delprofesor son recursos insustituibles que ninguna metodología ,ágica puede suplir” pg 49

Y podría seguir,…avalando mis reflexiones en las de autores de reconocido prestigio que aparecen citados en el libro.

Para interpretar con justicia el texto cabría clarificar qué entendemos por”protagonista” delaprendizaje y las falacias, de las que doy cuenta a continuación en las que se basa esa concepción casi rousseauniana de la bondad natural de los adolescentes cuando se nos sugiere que “deben ser protagonistas” de su aprendizaje. Por eso desarrollo a continnuación una serie de reflexiones sobre la motivación, esa espina siempre pendiente, sin la que ninguna metodología puede subsanar la ausencia de interés; y menos si lo que pretendemos es que el aula sea un Agora de diálogo socrático, como propongo.

Lo dicho, vale la pena quizás,contrastar la reseña con lo afirmado en mi artículo, y por supuesto la lectura detenida y atenta de este desafío de los que creemos que la Filosofía no puede,ni debe desaparecer porque con ella lo haría la mismísima conciencia humana.

Singular: 1 comentario en “Crítica de la obra “Huérfanos de Sofía” Editorial Fórcola. Por Rafael Robles”

  1. Buenos días, Ana,

    Me ha resultado muy interesante esta extensa entrada, tanto que la volveré a leer con más sosiego, cualidad de la que ahora estoy huérfano. Reconozco que me cuesta entender el lenguaje filosófico, y esto no entra en contradicción con mi gusto por Ortega, pues del madrileño me quedo más con lo literario que con lo filosófico en sí (aunque ambos aspectos van unidos).

    Se lo comente o no, me centraré especialmente en “… la lectura desgajada que realiza Robles…”.
    Un abrazo

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