Escribir: actividad de riesgo masificada

7 comentarios

Hace unos días me topé con una viñeta en las redes en la que un señor se lamentaba de que ya nadie leía, que ahora todos escribían. Me arrancó una carcajada espontánea porque entendí que, tras esa ironía, yacía una constatación bastante verosímil.

Ciertamente, solo unos pocos selectos escritores viven de las obras que publican. Puede deberse al oportunismo de lo que publican, pero también en algunos casos a la innegable calidad literaria de al menos algunas de sus obras.

En otra liga juegan, o jugamos, la multitud de osados que atendiendo a las diversas opciones que existen hoy de publicar –coedición, autopublicación, incluso algún tipo de publicación tradicional que encubre una cierta coedición- se adentran en un mercado que está saturado de mediocridad.

Triste es que la edición se haya convertido en un negocio con un mercado que ofrece más de lo que se le demanda, porque la literatura o el arte en general deberían poder zafarse de esas reglas imperativas del intercambio de bienes. Desgraciadamente, se sabe, por descontado, que nada se salva de  ese enjambre crematístico, ya que nada hay que pueda permanecer si no es compitiendo bajo las reglas del juego consumista.

Pero, a mi juicio, no es menos lamentable que escribir se haya convertido en la aventura de riesgo más accesible. Abundan novelas, ensayos y poemas anodinos que no poseen ni sustancia, ni consistencia, ni una habilidad loable del dominio del lenguaje que te lleve al éxtasis en algún pasaje memorable del escrito. No deseo excluirme de esta vulgaridad. Creo que solo me legitima que mi formación filosófica fue el esfuerzo tenaz de quien desea saber, aprender y leer. Esto último como condición necesaria para poder, no ya escribir sino, someter a análisis y crítica distintos  ámbitos de la vida humana.

Recuerdo haber transitado épocas de sequía depresiva, tras constatar que era tanto lo que no había leído y desconocía que me colapsaba. Hasta que asumía que solo la ignorancia, como bien nos enseñó Sócrates, puede movernos a esa insaciable necesidad de saber, y hoy en día eso exige muchas horas de lectura, a veces fructífera, a veces sacrificada y muchas placentera. Eso sí, seleccionando muy bien lo que lees por su relevancia en  la forja de la cultura, su envidiable brillantez literaria o filosófica o porque quienes te han precedido han establecido casi unánimemente determinados textos como clásicos ineludibles. Ahora bien, debo reconocer que nunca estoy satisfecha con mi dedicación a la lectura, la cual se ha visto afectada, obviamente, desde que escribo porque la vida no da para todo lo que desearíamos  hacer.

Retomando el quid de la cuestión, y ciñéndome al objetivo del artículo, me conmueve negativamente constatar la cantidad de obras editadas que, tal vez, no superarían el cedazo de una redacción en lengua castellana de la selectividad –por poner un baremo no demasiado exigente- Y este panorama va en detrimento no solo de la cultura, sino de los posibles lectores que quedarían atrapados si los libros que consumen fueran honestamente merecedores de ostentar ese nombre.

Un escritor no es quien escribe, sino quien sabe escribir. Y entre tanta oferta mercantil que no se rige por criterios de valor literario, podemos anegarnos en un gregarismo cultural que obture el dinamismo crítico de los lectores.

No me importa tirarme piedras contra mi propio tejado, si lo que consigo publicar contribuye a este estado delirante.

Plural: 7 comentarios en “Escribir: actividad de riesgo masificada”

  1. “Un escritor no es quien escribe, sino quien sabe escribir” -me has hecho acordar el planteamiento de Pascal Quignard-, en el cap. XXXII en “Vida secreta” dice:
    “Intento escribir un libro que me haga pensar al leer.
    He admirado sin reservas lo que Montaigne, Rousseau, Stendhal o Bataille intentaron. Mezclaban el pensamiento, la vida, la ficción y el saber como si se trataste de un solo cuerpo.
    Los cinco dedos de una mano agarran algo”.
    Ojalá ese algo siempre fuera la belleza, aun poco evidente, sin embargo, siempre salvadora.

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  2. Buenos días, Ana,

    Lo leí hace tiempo y lo he releído ahora. Como casi todos sus artículos, también este tiene mucho hilos de los que tirar. Pero ya sabe que estoy en rodaje. Así que me ciño a un par de aspectos:

    -Bastantes, entre los escritores que acaparan ediciones y páginas de diarios, perdón por la expresión, no valen un pimiento.Puro oportunismo y espíritu de clan.

    -Soy más benévolo con la gente desconocida que escribe, por ejemplo en los blogs, y pongo Me Gusta en ocasiones a trabajos con faltas de ortografía y escaso valor literario si veo buena intención. No obstante, entre los blogs que sigo hay varios de gran altura, que poco o nada tienen que envidiar a las vacas y bueyes sagrados del clan.

    Saludos cordiales

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    1. Celebro “verle” por aquí, aunque sea brevemente. Estoy de acuerdo con usted, aunque también corre por la red muy buena intención y poca aptitud – tal vez haya que incluirme, no hay mayor ciego que el que no quiere ver-
      Saludos!!!!!

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