La caída del Muro de Berlín

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Hoy se conmemora el treinta aniversario de la caída del Muro de Berlín. El denominado Telón de Acero que dividió las fronteras de Alemania –la RFA y la RDA- con diversos fines que se atribuyen a la voluntad de fortificarse de Alemania del Este, pero que simbolizaba la división entre la Europa Occidental –formada militarmente por la OTAN- y la Europa Oriental –unidos en el Pacto de Varsovia-. Sobre su construcción en el año 1961 y el contexto político que se derivaba de la II guerra mundial puede encontrarse extensa información por la redes, en páginas de relieve contrastado.

Lo que aquí me interesa destacar es cómo se vivió ese derrumbe que vimos en directo y que iniciaron multitud de alemanes del este, pero también del oeste, adelantándose una noche  al decreto que debía entrar en vigor el día 10 y que liberalizaba el tránsito de las personas de un lado a otro. A eso contribuyó una información entusiasta de los medios de comunicación que envalentonó a los berlineses a lanzarse a la toma del Muro, ante la pasividad de las tropas del ejército que vigilaba la frontera.

Recuerdo las conexiones en directo en las que podía verse cómo algunos se elevaban y ubicaban encima del muro clamando libertad, y cómo otros con herramientas rudimentarias acometían el derribo, como un gesto de rebeldía y victoria ante la dictadura de la RDA. Gente llorando de alegría, reencuentros después de años de separación, que los telespectadores desconocíamos. Aquello era una algarabía desenfrenada, como si festejaran el final de todos sus problemas –aunque en realidad no fuese así- Transmitían un ansia de libertad contagiosa, y creo que desde la parte occidental de Europa fue un hito histórico que nos puso la piel de gallina, porque intuíamos que el mundo cambiaba, que aquello era el final de la guerra fría, la posibilidad de saturar heridas supurantes de la II guerra mundial, y esa locura colectiva anunciaba un mundo mejor. Aunque, por desgracia, los hechos acaban decepcionando, más cuando han sido una fantasía espontánea de un momento de gloria para muchas personas de carne y hueso.

La piedra que aparece en la fotografía fue extraída in situ –personalmente- en el verano de 1990, unos meses después cuando el entusiasmo por lo acontecido aun nos hacía vibrar ingenuamente a muchos. El muro del que aun quedaban kilómetros se había convertido en unas ruinas muy preciadas que mucha gente seguía visitando para quedarse con su trocito histórico de hormigón. Tiempo después, no sabría decir cuánto, esos trozos que muchos acumularon fueron envueltos en papel celofán, con esmero, y vendidos en puestos ambulantes a los que, los turistas acudían, tal vez comprando algo que ya no pertenecía ni al propio muro, pero que seguía guardando todo el valor simbólico de esa caída histórica y del intento de reunificar política y económicamente una Alemania dividida como botín entre los aliados finalizada la guerra.

La realidad política fue lenta en el cambio. Incluso se dice que hoy aun no se ha derribado ese muro mental entre los alemanes, dándose un cierto aire de superioridad en aquellos que proceden exclusivamente del oeste, respecto de los que provienen familiarmente del este y cuya cultura económica –y no sabría decir si situación- es distinta. En este sentido, en aquel viaje del año 90 en el que arranqué, junto a un numeroso grupos de amigos, esa piedra guardada como un pequeño tesoro histórico, tuvimos una experiencia algo aterradora cuando dos de nosotros viajábamos en tren desde Berlín Oeste hasta Dresde con la confianza –desinformados por lo que transmitían los medios de comunicación occidentales- de que allí ya no “pasaba nada”, nos vimos sorprendidos al adentrarnos en lo que fue el lado Oriental, en un vagón vacío del tren, por un grupo de soldados alemanes de este, agresivos, vociferando en alemán y amenazando con metralletas en manos, que provocaron pavor en los dos viajeros ignorantes porque no sabíamos una palabra de alemán y no entendíamos qué nos estaban recriminando o exigiendo. Así que solo se nos ocurrió entregarles los pasaportes –no concebíamos que pudieran requerirnos nada más- para ver si conseguíamos calmar a esa jauría humana exaltada. Tras comprobarlos, hablar entre ellos a gritos, y no sabemos qué buenaventura, nos devolvieron la documentación y se marcharon con la misma prepotencia, agresividad y desprecio con el que nos habían tratado. Creo que nos quedamos pálidos, porque nos habíamos tragado eso de que todo era ya plácido y tranquilo. En Dresde nos reunimos con los demás amigos y no tuvimos ningún altercado más en nuestra visita ni a la desmembrada Alemania del Este ni a la que era entonces Checoslovaquia. Al revés los ojos les hacían chiribitas cuando veían que sacábamos marcos, teniendo en cuenta además el gran desnivel económico que existía en aquel momento entre la antigua zona oriental y la occidental. Cenamos en un salón privado de un restaurante de lujo ruso, pagando el doble, por voluntad propia y consensuada entre los doce que formábamos el grupo, de lo que subió la cuenta. Habiendo consumido champán y cava ruso entre otros manjares. La clave era pagarles en marcos, no en coronas checas que era su moneda.

Una visita a una Praga espectacular, virgen aun de esa transformación turística que ha experimentado después, se nos antojó como una ciudad de cuento. Cabe decir que los españoles tampoco nos habíamos educado en la cultura del viaje como medio para conocer otras culturas. La transición a la democracia fue larga y muy costosa, como todos sabemos, y pertenecíamos a la primera generación que siendo jóvenes unos 26-27 años salíamos de viaje al extranjero costeado por nosotros mismos.

Por eso hoy, treinta años después, he vuelto a situar esa piedra descolorida ya, como elemento decorativo en el salón de mi casa.  Porque si hoy muchos jóvenes desconocen cosas de la historia de España que nos parece increíble, imagino que de lo que supuso la caída del  Muro en toda Europa no poseen ni la más remota idea. Aunque para los que vivimos de cerca aquel acontecimiento constituya una de esas experiencias vitales inolvidables.

Dedico este post a todas aquellas personas de uno y otro lado que padecieron separaciones impuestas, a las que perdieron la vida en su búsqueda de una vida mejor al lado de los suyos y a todas las víctimas directas e indirectas de la II guerra mundial, cuyas heridas me temo que aun no han cicatrizado en algunas generaciones, aunque otras actúan como si desconocieran la historia reciente. Para ellos este recuerdo vibrante.

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