El Logos, Dios, y los humanos: un nihilismo necesario.

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El escritor, al menos en ocasiones, necesita resentir momentos dolorosos que estimulen su creatividad; en otras la reflexión sobre determinados acontecimientos, por muy rigurosa que se presente racionalmente, recala sigilosamente por los poros hasta generar esa disquisición. Y es que la palabra acude a nosotros ante la urgencia de nombrar, para entender, que nos pasa y qué pasa. Por eso, el término griego Logos se usaba en un sentido amplio que oscilaba desde el decir racional de lo que hay, hasta la palabra con la que simbólicamente las cosas adquirían un significado, e incluso la ley natural que regulaba todo acontecer. Así: palabra-cosa-razón, no eran más que aspectos que destacaban, según el contexto, el decir sobre uno mismo y lo real; mas todo ello caía bajo el espectro del término Logos.

Así, la palabra no es la etiqueta de la cosa, si no el Logos mismo de la cosa -aunque aparente ser redundante-, la razón del ser de la cosa que la hace significativa en nuestra mente. En consecuencia, fijémonos que la necesidad brota de la emoción, ese motor rebosante de sentires que nos impele a buscar el sentido. Este último se dice de muchas maneras, recordando en cierto modo a Aristóteles, pero cualquiera de esas formas que adopte el decir poseen un denominador común: ese Logos griego para el que no poseemos una palabra equivalente hoy, que se despliega como habla, sentido y comprensión.

Quien escribe, por lo tanto, no es más que un individuo e-mocionado que indaga el sentido del sí mismo y de cuanto le rodea. La virtud de hallar la forma expresiva más clarificadora, aunque sea entrelazando metáforas que nos aproximan a ese Logos, es una peculiaridad de algunos pues nada es más costoso que intentar aprehender lo que parece hallarse fuera de nuestro alcance: la comprensión última de todo, o con más crudeza la comprensión de que no hay nada que hallar, y que ese Logos griego no era más que otra quimera simbólica que estimulaba la esperanza.

Tal vez por eso, hoy, vivimos la época nihilista de la desvinculación con un sentido absoluto que no hay, no es. Y este vacío se haya expresado mediante una metáfora comprensible, para nuestras mentes modernas, como es, la tan manoseada “muerte de Dios”. A esto, cabe añadir para ahondar en lo dicho que, según Mainländer, no son los hombres los que han matado a Dios, como pregona Zaratustra, sino que fue  el tedio, el hastío de estar, sin acontecer, lo que llevó a que Dios optara por el fluir que lo disipó en miles de partículas, que no somos más que los humanos. Dios mismo aburrido de sí mismo, decidió suicidarse, y esa muerte de Dios es lo que nos originó. Una percepción muy distinta a la de Nietzsche -aunque este se inspirara en el anterior- que refuerza la idea que si hasta Dios se suicidó de hastío ¿qué nos queda a los humanos? ¿soportar lo que Dios no quiso soportar? ¿Por qué? ¿Hay redención o salvación para seres tan mediocres como nosotros? atendiendo a la Nada por la que optó Dios para zafarse de la insulsez de estar, por estar.

Acaso ese supuesto Dios revive con cada uno de nosotros y hayamos cargado con la responsabilidad de ser los bufones de un ser divino, pero cínico y despiadado.

Y aún mejor, tal vez no haya Dios y nuestra liberación consista en adquirir conciencia de su no-ser, que los libraría de su tiranía y su macabro sarcasmo.

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