“Nueva normalidad”: nuevas formas de control y sometimiento social

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Cada vez que, aunque intente resistirme, me perfora los oídos la expresión eufemística -que de ellas se nutre el tiempo de la posverdad- “la nueva normalidad” se me eriza el vello adoptando una verticalidad puntiaguda tal, que quien ose entrar en contacto corporal conmigo, sufrirá rasponazos irritables. Y esto porque, si hay actitudes que me crispan el ánimo son aquellas que se esmeran en cultivar embelecos para generar una visión distorsionada del acontecer en los otros, que favorezcan sus intereses.

Clarifico semejante reacción que puede parecer histriónica. El término “normalidad” proviene del vocablo “norma” y apunta a aquello que socialmente se ajusta a lo normativizado. O sea, una convención social resultado de usos, costumbres, moral y todo aquello que contribuye a facilitar la convivencia social y, por ende, relativo, modificable. Ahora bien, esas prácticas sociales, para prosperar en la conformidad de los individuos, deben ser interiorizadas en el proceso de socialización, porque si no serían percibidas como imposiciones que constriñen al individuo. “La normalidad” social se ha introyectado de tal forma, que el individuo no toma conciencia de la presión social que se ejerce sobre él. Así, asumimos una realidad social normativa con naturalidad, aunque aspectos de esta vayan evolucionando y modificándose con el tiempo, pero obviamente, no de manera brusca e impuesta.

Bien, pues lo que se pretende tras la pandemia sanitaria, social y económica es imponer una vida regulada a los ciudadanos que deteriora y minimiza el ejercicio de su libertad, e incluso lo adoctrina para aceptar de buen grado que la precariedad y la pobreza estructural son inevitables. Ha surgido una nueva sociedad tras la tragedia vírica -este parece ser el mensaje implícito- que ahora debe regirse por nuevas normas más restrictivas para el bien común. Y, curiosamente, esta “nueva normalidad” parece concentrarse en modular la noción y la acción de lo que debe ser un buen ciudadano: aquel que por solidaridad cumple las normas, que acepta la precariedad económica porque afecta a muchos y para paliarla el Estado concede esa renta mínima vital, que mantiene las distancias de seguridad generándose una sensación de miedo al contacto con el otro, y estimulando el aislamiento de los individuos que, para combatirlo, se cuelan por las redes sociales. Nada más favorable para las élites poderosas, porque es una de las formas más eficaces de control social. En síntesis: restricción de la libertad en base al miedo de un virus que puede estar alojado en el otro, aceptación de la pobreza estructural, aislamiento a lo nórdico de lo individuos, intento de minimizar las protestas o manifestaciones masivas por el riesgo de que el otro nos dañe de muerte y una sociedad más sometida en aras a proteger sanitariamente al individuo de un enemigo invisible que nunca podemos saber dónde está, ni cuándo nos atacará, de ahí las medidas de seguridad que se han previsto hasta que haya una vacuna efectiva contra el covi19 ¿Cuántos años tardará realmente la posibilidad de disponer de una vacuna eficiente y que pueda ser suministrada universalmente? Pues quizás, el tiempo suficiente para que ya no tengamos que denominar “nueva normalidad” a lo que es la pérdida definitiva de la forma de vida que teníamos, porque hayamos interiorizado la nueva situación como “lo normal”.

Clarifiquemos que lo que me enardece es el engaño; que no sean capaces los poderes públicos de explicitar que las condiciones de la vida social cambian, aunque sean antidemocráticas porque vulneran derechos civiles, sociales y económicos, y que no habrá vuelta atrás. ¿No será posible o el nuevo marco social facilita el ejercicio del poder con menor oposición, sin necesidad de reconocer que estamos resquebrajando las condiciones necesarias para sostener esas democracias en declive que poseíamos?

No obstante, el acontecer siempre nos sorprende y el descontento social, por razones de diversa índole, ha explotado como una revuelta contra la discriminación racial, y en definitiva de los más desfavorecidos, que se está propagando a nivel mundial -como ya ocurriera hace años con el movimiento de los indignados- El pueblo, harto de ser siempre el chivo expiatorio de las culpas ajenas, desafiando al coronavirus y a las fuerzas de seguridad que, en no pocos casos actúan con una brutalidad propia de un Estado autoritario, ha salido multitudinariamente a las calles, primero en el paraíso de la democracia, EUA y en solidaridad en no pocos puntos del planeta. Hasta parte de la policía se ha solidarizado con las protestas, adoptando el gesto, que se ha hecho universal, de clavar la rodilla en el suelo -como símbolo de la forma en que fue asesinado George Floyd-

Este descontento, cuya chispa ha sido el brutal asesinato mencionado, coinciden muchos en considerarlo consecuencia de unas condiciones de vida miserables para muchos ciudadanos de los países occidentales -llenos de inmigrantes- que con la crisis económica asociada al convi19 ha sobrepasado el límite de lo soportable.

Una última cuestión, que desearía dejar asentada, es que este escrito no es un canto de añoranza a la mierda, con perdón, de normalidad que teníamos anteriormente, sino una muestra de indignación por el uso continuo de discursos engañosos cuyo fin es manipular y someter al ciudadano, en lugar de plantear las cosas tal y como se presentan. Las normas que regularán el espacio público ahora serán posibles tras años de mermar los derechos de los ciudadanos, y que eso haya sucedido con inmunidad, porque lo que tiene posibilidades de prosperar y arraigarse es que lleva tiempo abonándose. No vivíamos en una sociedad que resultara satisfactoria para la mayoría, pero me temo que vamos a peor, porque nos están haciendo creer que un número irrenunciable de ciudadanos están condenados a vivir en la pobreza. Que eso es irremediable, que el futuro es la robotización, y que esta es una oportunidad de oro para dar un paso de gigante en ese sentido. Así, aislados físicamente unos de otros y teletrabajando en casa infinitamente, los lazos se disuelven con más facilidad y nos vamos habituando a relacionarlos vía telemática con fines laborales. Los encuentros presenciales se verán reducidos al mínimo y con ello el deterioro de redes sociales que permitan a la sociedad civil organizarse y regenerar vínculos de cooperación y solidaridad.

Lo curioso, o muestra de la ineptitud de muchos, es que obvian las diferencias culturales entre territorios y ese factor es fundamental. Es más fácil confinar por defecto a la población en los países nórdicos, que en los países mediterráneos donde el tiempo de ocio suele desarrollarse de forma más satisfactoria en la calle o fuera del hogar. Y estos últimos, además, por manera de concebir la vida social, son más proclives a las protestas incluso violentas, cuando se sienten ignorados.

Así es que la implantación de una “nueva normalidad” puede ser un aborto en algunas zonas del globo terráqueo -imaginemos en muchos países donde lo perentorio es el hambre-. O puede darse la paradoja y el cinismo de que los medios hablen de la normalidad advenida, como si fuera un hecho, cuando la realidad social lo contradiga constantemente, como ya ha sucedido en diversos momentos con el comportamiento ejemplar de la ciudadanía en las fases más duras de confinamiento. Mientras en realidad en muchos lugares no se acataron las normas de prevención con la fidelidad que nos querían hacer creer. Lo evidente es que no había más que asomarse a la ventana o a la terraza para comprobar que esas medidas restrictivas, que en un primer momento pudieron asustar a la población, se iban relajando, tal vez en la misma proporción en que crecía el escepticismo sobre los datos e informaciones contrarias que nos llegaban.

Concluyendo: hay una mutación de lo que entendemos por normalidad, no es que sea nueva como si supusiera sutilmente la idea de que será incluso mejor, es que será o pretenderá ser otra que mantengan un control social que se da de bruces con una democracia del tipo que sea. Si las democracias estaban en sus últimos estertores, el virus ha sido la causa directa de su final, tal y como se entendió durante el siglo pasado. No veremos invadidos por sistema de gobierno que formalmente procuraran seguir pareciendo democráticos, pero que se ajustarán más a las forma de control social de algunos países asiáticos que son por ello más productivos para el capitalismo, porque se basan sumisamente en la explotación de los trabajadores, cuyas vidas parecen estar destinadas a garantizar el crecimiento económico desbocado en beneficio siempre de una élite minoritaria.

Plural: 12 comentarios en ““Nueva normalidad”: nuevas formas de control y sometimiento social”

  1. Excelente, diáfana y lúcida reflexión. Por otra parte, esta nueva normalidad nace de otra que fue consecuencia de las restricciones que devinieron tras el 11S, donde la disyuntiva entre seguridad y libertad ya se planteaba para acallar disidencias sociales. Esta de ahora a la que nos abocan es mucho más sibilina; se pretende el adocenamiento como protección única contra un virus silencioso que acecha, no entre los cables y el plástico explosivo de un terrorista suicida, sino en la saliva de la amable señora que te indica una dirección o del eficiente camarero que pone sobre tu mesa una ración de calamares a la andaluza o de la madre que te come a besos. Una situación, como expresas, muy conveniente para quienes sujetan las riendas y dejan caer, como amenaza latente, que cada ciudadano y ciudadana es víctima y verdugo. Lo que puede derivar de esto -además de la aceptación del aislamiento como única defensa posible- ya lo estamos viendo, no solo en los EEUU sino, por ejemplo, en México, donde la policía ha matado a golpes a un hombre por no llevar la preceptiva mascarilla.

    Salud(os).

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  2. Una reflexión que comparto. Estoy totalmente confundida y llena de incertidumbre. Qué es la “nueva normalidad” quién lo decide. Quién dicta la norma y decide lo que es normal. A pesar de la confusión lo que de alguna manera sospecho o vislumbro no me gusta nada. Volverá a leer tu post porque no tiene desperdicio y hay que detenerse en su lectura.Gracias por la aportación.

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  3. Suscribo lo que dices y me parece gravísimo llevar eso a los colegios. Una gran contradicción eliminar la sociabilización de los niños y luego pedir que sean personas solidarias y cooperativas con el prójimo. Mucho me temo que con las relaciones sociales rotas este “animal social” se va a pique. Ya veremos cómo se desarrolla. Las bases se están asentando para capar y “domesticar” a la juventud.

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