Cioran y la ponzoña abstracta

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“¿Y si se realzase el Hastío —percepción tautológica del mundo, tenue ondulación de la duración— a la dignidad de una elegía deductiva, si se le ofreciese la tentación de una prestigiosa esterilidad? (…) El espíritu en sí no puede ser sino superficial, pues su naturaleza está preocupada únicamente por la ordenación de los acaecimientos conceptuales y no por sus implicaciones en las esferas que significan. Nuestros estados no le interesan más que en la medida en que son trasmutables. Así la melancolía emana de nuestras vísceras y se une al vacío cósmico; pero el espíritu solo la adopta purificada de lo que la une a la fragilidad de los sentidos; la interpreta; refinada, se hace punto de vista: melancolía categorial. La teoría acecha y capta nuestros venenos; y los hace menos activos. Es una degradación desde arriba, pues el espíritu aficionado a los vértigos puros es enemigo de las intensidades.”

Cioran, E. Breviario de podredumbre. Ed. Taurus. Barcelona 2014. Traducción de Savater, F. págs. 57-58

Leer los textos de Cioran exige coraje, siempre y cuando uno se deje interpelar por ellos —lo contrario no sería, quizás, estrictamente leer —. Este denuedo puede desnudarnos y despojarnos de prejuicios, creencias y llevarnos a replantear asuntos primordiales. Afrontando así las palabras del pensador franco-rumano nos disponemos a pensar sobre el contenido de este breve fragmento.

El inicio es, francamente, demoledor ya que afirma que el hastío es una percepción tautológica del mundo, o sea, en el primer término se halla, por definición, el segundo término de la comparación implícita. En el lenguaje literario, lo tautológico es el significado repetido con una expresión u otra que se considera hasta innecesario. En lógica, es un enunciado que solo puede ser verdadero, lo que equivaldría en el caso que nos ocupa a que estar hastiado y percibir el mundo son simultáneamente verdaderas y es imposible que alguna de ellas devenga falsa porque se daría una contradicción.

Tras establecer esta convicción, Cioran plantea la posibilidad de elevar esta tautología a una elegía deductiva. La imagen que utiliza es sumamente significativa en cuanto al hablar de elegía hace referencia a una composición literaria que para los griegos y latinos se caracterizaba por su forma geométrica. Si a esto sumamos que además caracteriza la mencionada elegía de deductiva, lo que podemos entender es que lo que nos plantea inicialmente es por qué no dotar al Hastío de una aséptica rigidez matemática que la convertiría en un sentir indiferentemente estéril y, por lo tanto, en una figura meramente racional. Observemos, además, que este realzar el sentimiento de hastío a lo puramente racional es, de hecho, una tentación; algo a lo que estamos inclinados porque parece compensatorio, pero no veraz.

Prosigue clarificando y profundizando en lo que ya apunta en las primeras frases, afirmando que lo propio del espíritu —aquí hay que entenderlo como razón o racionalidad— es conceptualizar, categorizar lo acaecido para unificarlo y hacerlo comprensible, por lo que los matices y diferencias son menospreciadas. Solo le interesa nuestro estado interno en la medida en que puede ser modificado para subsumirlo categorialmente. Así, la melancolía, aunque surja de lo más íntimo y profundo de lo que somos, resta purificada por la razón, del sentimiento frágil, para ser un concepto en sí, que se vacía de experiencia sufriente. Resta convertida en una interpretación, en un punto de vista que ha refinado lo que es la melancolía, elevándose en consecuencia a teoría. Y esta última —la teoría— logra que nuestros males se tornen pasivos, pierdan la fuerza y la intensidad, lo cual es una degradación del sentir desde la razón, porque este busca el orden conceptual del acontecer y como teoría prescinde de la pasión y la intensidad de lo que asépticamente ha convertido en una arquitectura racional.

Por consiguiente, habiendo intentado desmenuzar este breve fragmento, entendemos que Cioran está cuestionando la habitual práctica de racionalizar y encajar lo que acontece con una perspectiva rígida teórica, que permite minimizar el dolor y el sufrimiento que se purga singularmente, con la pretensión de menospreciarlo y ofrecernos una visión de la vida que al estar racionalizada encubre el padecimiento, la miseria y la desgracia que cada humano, como individuo, vive. De esta forma teorizar sobre la melancolía es posible en muchos sentidos, pero tal vez poco estaremos diciendo sobre la gravedad, la intensidad que esta produce en cada sujeto paciente.

Esta estrategia que analiza Cioran no puede dejar de remitirnos al análisis de la metafísica y la moral occidentales que realizó Nietzsche —del cual el filósofo franco-rumano es claro heredero—, con la salvedad de que el pensador alemán era un demoledor activo y vitalista, mientras que Cioran destruye por convicción y se queda bajo las ruinas de su propia demolición.

El subtítulo bajo el que el autor incluye este texto “la ponzoña abstracta” sintetiza con un lenguaje crudo y, según él, realista, la función que ha cumplido la abstracción en la cultura, a saber, y según lo analizado: destruir la vida, teniendo en cuenta, que es un lastre miserable con el que debemos existir los humanos; su degradación de la tragedia consiste en su menoscabo, logrado mediante el ninguneo de lo singular, la manera real de sentir la condena vital. Y aquí retorna el contraste con la percepción nietzscheana, ya que para este último la vida se ningunea al negarla como la unión de lo apolíneo y lo dionisiaco —sintetizando: el orden racional y el caos pasional—, ya que la pretensión de eliminar lo pasional implica la negación de la vida en sí misma, mientras que para Cioran es una forma de hacer soportable el inconveniente de haber nacido abocados al absurdo.

Esto no es más que una brevísima muestra del pensamiento que a pinceladas ha ido derramando Cioran a lo largo de su vida. Entiendo que la lectura de sus obras es un reto necesario del que nadie resulta indemne, bien porque puede dejarse arrastrar por su realismo trágico —para ser honestos, cabe decir que muchos lo calificarían de pesimista sin ambages— o bien porque exige replantear dinámicamente lo que nunca deberíamos considerar ni asentado, ni establecido. Además de ser, a mi juicio una lectura complementaria de Nietzsche muy fructífera.

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