Privilegiados pusilánimes y pandemia

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Un adarve invisible pero recio nos mantiene aislados. El enemigo es, asimismo, imperceptible y por ello oculto, un supuesto virus corona que tan solo se hace patente por sus efectos. La cerca se manifiesta en la insistente y recomendada o impuesta distancia social.

Aquellos que nos hallamos en un lugar privilegiado, esa minoría que vocea la injusticia, mas solo sabemos, o queremos, contribuir con cada gesto a sostenerla, estamos abrumados por esas ausencias que están fracturándonos el alma. Los afortunados padecemos las consecuencias de esas distancias que progresivamente nos hacen masticar la soledad. Aunque algunos, no se someten ni tan solo a esa única contribución que se les demanda, la prudente distancia social.

Muchos quisieran ser presas del aislamiento y la soledad, en lugar de la desesperación de ver peligrar su supervivencia. Las murallas no les aprisionan por carencias emocionales, sino por minimizar sus posibilidades de  hallarse excluidos y fuera del sistema. El único sistema que nos aplasta a todos, pero del que nos afanamos en no salir escupidos.

Quien suscribe estas letras es una privilegiada. Sí, de esas que vocean y que siente la aguda culpa de la cobardía, que al menos es capaz de reconocer. Eso no redime a nadie, la culpa es el lastre de la indiferencia. Esta puede no ser por insensibilidad, sino por falta de acción. Y no creo que nadie se puede sentir salvado por contribuir económicamente a poner parches a esas situaciones trágicas de tantas personas. Porque ¿no es cierto que la aplastante mayoría que da y contribuye crematísticamente lo hace con una parte ínfima de lo que le sobra?

No estamos quitándonos el pan de la boca para compartirlo. Evidentemente, es una decisión moral, personal. Pero no puedo evitar que me corroa la evidencia de que no hacemos prácticamente nada por equilibrar la balanza del dolor y el sufrimiento.

Nosotros tenemos rota el alma, otros no tienen espacio ni para apercibirse de ese desgarro.

Iniciaba el escrito para lamentarme de la distancia social y las ausencias que me horadan el alma. Pero súbitamente he sentido vergüenza por ese egoísmo e individualismo que, a pesar del caos económico de la pandemia, tanto fruto dará en un futuro no lejano a ese capitalismo que estructura y condiciona las posibilidades de subsistencia, y del grato consumo que nos permitirá huir de los sucesos mundanos a nosotros, los privilegiados.

Podríamos pedir perdón a todos los que carecen de condiciones dignas de vida, pero no se demanda el perdón si no hay lo que se denomina propósito de enmienda. Y, sinceramente, no creo que exista esa voluntad porque la pusilanimidad que llevamos incrustada en el tuétano del alma, ante la sola idea de pasar a ser un excluido, nos invalida para solicitar ningún tipo de redención. Carguemos, al menos, con la culpa. Y por si alguien no se siente aludido, “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

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