Efectos colaterales -relato-

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Las persianas estaban desplegadas oscureciendo el espacio y contrariando cualquier acceso a la más mínima brizna de luz que pudiera filtrarse. Si no pasa la luz, no pasa el aire —se decía a sí mismo— Se había afanado con pujanza para lograr su objetivo: resguardarse fortificado del exterior, que amenazante procuraba sutilmente incrustarse en cualquier elemento de su guarida, para irse propagando silenciosamente. Creía que de su perspicacia y habilidad dependía vivir o morir; y no estaba dispuesto a caer por ingenuo, inerte en el suelo, como tantos ingenuos o, tal vez, negligentes. El enemigo microscópico e invisible campaba sin obstáculos por doquier y, aunque los inocentes crédulos se habían provisto de esos bozales de colores diversos, que llamaban mascarillas, iban sucumbiendo al vigor inconcebible de ese virus que se vestía con corona y traje de gala, haciendo alarde del gran festín del que gozaba. Nadie pensóexcepto él— que aquellas imitaciones mejoradas de bozos no eran más que —en sentido literal— tapabocas, y que esa era la genuina voluntad de las autoridades: acallar a cualquiera que pretendiese expresarse libremente. La eliminación masiva de población no inquietaba a los gobernantes, al contrario, comportaba un alivio de la presión económica a causa del exceso de población. Así es que aprovecharon la presencia de ese parásito para depurar y purgar a los individuos que comportaban un lastre insostenible para la sociedad. ¿Cómo nadie pudo apercibirse de lo que estaba ocurriendo? —se interrogaba estupefacto— No era la noche de “La purga” como en la película, sino los años del exterminio. Él se había propuesto resistir hasta la saciedad a ser extinguido y por ese motivo había calculado y previsto cualquier ínfimo detalle que pudiese dar al traste con su empresa y desencadenar su catástrofe. A parte del aislamiento de ingeniería que había realizado, acumuló víveres e ideó un sistema de producción para su autarquía, hasta el punto de que podía permanecer en ese refugio el tiempo que fuese necesario.

Fue pasando el tiempo, que el contabilizaba rigurosamente, y allí se fue transformando poco a poco en alguien impertérrito. En ocasiones, debía esforzarse para recordar qué hacía allí, por qué no salía, y se preguntaba si quedaría alguien más susceptible de ser eliminado. Padecía un trastorno mental que le incapacitaba y, en el inicio de todo cuanto aquí se ha relatado, era uno de los primeros grupos a purgar. Cada vez, notaba, se sentía más cansado y somnoliento. Creía que era el hastío y el aburrimiento que le generaba su aislamiento, pero no contemplaba alternativa alguna. Era vivir o morir. Cuando, por primera vez, se cuestionó si lo que estaba haciendo era realmente vivir, era ya algo tardío. La falta de oxígeno de la que iba progresivamente careciendo su fortaleza lo fue dejando en un estado de seminconsciencia, sin hálito para discurrir qué le sucedía y poner remedio. Así, que un día como otro de los tantos que habían transcurrido, una excavadora que iba derruyendo antiguos edificios para reconstruir la ciudad con fincas que evidenciaran el progreso y la modernidad en la que habitaban —los elegidos, claro está—, halló los restos óseos de un humano. Viendo que no constituía ningún descubrimiento arqueológico, consideraron innecesario analizar el ADN para comprobar la identidad de los deshechos y junto con el resto de los escombros pasó a formar parte de la broza. Una pena, después de tanto esfuerzo. Y un sinsentido, quizás, intentar sobrevivir como un ermitaño aislándose de toda la civilización. El virus, covid19, hacía ya veinte años que había desaparecido, aunque preventivamente se vacunaba a toda la población —ya no era necesaria la selección artificial— Aunque su destino fue más agónico, no distó en exceso del que tuvieron los individuos que fueron exterminados, ya que todos pasaron a formar parte de una fosa común en la que se amontonaron tibias, rodillas, huesos faciales, que fueron finalmente incinerados sin dar cuenta a las familias de los restos óseos. Así era el mundo hace dos siglos. Ahora medio robotizados, hemos conseguido paliar las deficiencias de bastantes individuos y vuelven a constituir un factor de producción activo. Excepto los que sufren deficiencias o enfermedades mentales que aún no se ha conseguido contrarrestar, pero podemos decir orgullosos que no son más que efectos colaterales.

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