Ausencia lacerante

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La aurora no siempre anuncia albores esperanzadores, sino el inicio de días turbios y nebulosos. De facto, solo manifiesta lo que sobreviene, tenga este sobrevenir la naturaleza que tenga. Y, como hoy y ayer y…hace unos días, nos despierta para sumergirnos en la realidad de una ausencia dolorosa, de una trágica pérdida.

Cada jornada, a partir de hoy, será la constatación de que hay hechos irreversibles y que se imponen tozudamente, por mucho que nos hayamos resistido. Así, volveremos a desbordarnos y a dejar fluir el llanto, aunque nos esforcemos en pensar que, con el paso del tiempo, todo será diferente, porque lo será para muchos, pero no para los que vivían contigo. Para ellos nada será igual nunca, porque una abrupta pérdida que nadie esperaba no se repara, como no puede renovarse un navajazo en el alma que nos ha perforado en dos. Nada será igual.

Tan solo se puede otear la reconstrucción de vidas diferentes, que resurjan marcadas por una ausencia devastadora, y que, sin embargo, permitan vivir de otra manera, con otras expectativas y asumiendo lo nuevo —aunque no por ello querido— que se presenta.

Ayer te vi, y no eras tú; pero mastiqué otra vez el padecimiento que persecutoriamente no te ha dejado vivir estos últimos años, porque tu rostro era la resultante de un trato despiadado de la vida, que no merecías. Nada pudimos hacer los que te acompañábamos, solo darte cierto consuelo haciéndote reconocer que tenías derecho a estar enferma, aunque las instituciones sanitarias no te lo reconocieran con esa incapacidad que inhumanamente te denegaron. provocándote, obviamente más sufrimiento, por la economía familiar, por si no era para tanto lo que tenías y culpabilizándote por haberte vuelto vaga —como te prohibí que volvieras a decirlo y a decírtelo—.

Unos años tristes, aunque con oasis de alegrías que siempre intentábamos buscar. Era lo que nos quedaba. Hoy, iremos a esos fríos tanatorios en los que van desfilando unos tras otros, con historias diversas, pero todos con el denominador común de que hasta para morirse hace falta tener dinero, porque hay gente que hace negocio de la muerte. ¡Qué patético!

Eso a ti ya no puede afectarte, por suerte, y tu cuerpo arderá en llamas expulsando la rabia y la furia de una muerte que no procedía aún. Allí estaremos, desenado que arda también el dolor de todos, el tuyo principalmente, y deseando que sea lo que haya tras la muerte sea mejor que tu existencia final, y mejor es incluso la nada.

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