Hoja en blanco, acontecer negro.

Un comentario

El denominado síndrome de la hoja en blanco del escritor puede que no sea más que el síntoma de la nada vital. Sentarse ante el papel y que no se produzca un desbordamiento de ideas, emociones o algo que comunicar podría ser indicativo, o bien de la falta de acontecer en la existencia de quien escribe, o, y tiendo más a apoyar esto, la ausencia de conciencia, la no metabolización de lo acaecido, y una reacción interna del escritor de autoprotección.

Si se vive con intensidad, el decir es inexorable, sea más o menos adecuado. Ahora bien, pudiera ser que, más que la nada vital sugerida anteriormente, hubiese un exceso, una superabundancia que el sujeto escribiente no tuviese ni el tiempo, ni la tranquilidad, ni las condiciones para asimilarlo. Sin asimilación no hay palabras que pueda ser dicha, porque no se halla el término adecuado que despeje la nebulosa, que la copiosidad de lo acontecido enturbie la mente.

Esa profusión exacerbada impide el uso de la palabra y relega a su impulsor al recodo oscuro del silencio. Ese que no es vacuidad, sino exceso.

Aquí, es inevitable considerar la importancia de los contextos y coyunturas en los que se intenta escribir. El ambiente irrespirable socialmente por la intensidad de conflictos, su gravedad y la percepción continuada en el tiempo de que nos van sacudiendo huracanes que nos devoran, y el braceo inexorable para no sucumbir. Además, la coyuntura individual en este contexto puede ser abrumadora. No es de extrañar que las palabras corran despavoridas en ese ciclón en que se hallan sus hacedores. La escasez de quietud no permite alumbrar nada, porque el acontecer mismo parece fluir a una velocidad inusitada.

La hoja en blanco no es solo un escollo individual o personal de alguien, sino la evidencia de que la desorientación, la velocidad, el tumulto que acaece y desorienta, tolo lo enturbia.

La hiperactividad social, política económica y cultural, que imposibilita el pensar reposado, puede haberse convertido en el bumerán más efectivo de un sistema que vela por la producción y el consumo, y al que le conviene menoscabar la posibilidad de que broten discursos críticos engarzados en una praxis siempre transformadora. Algo así como una estrategia de acoso y derribo, paralizadora de cualquier intento reflexivo.

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