Estos días de compras navideñas, en los que todos acabamos cayendo en un cierto consumo vertiginoso, son un muestrario sociológico a tener en cuenta.
Existen, si estamos atentos, distintos tipos de ciudadanos: los que se adentran en los comercios posando su carácter como quien pone sus posaderas encima del mostrador, dejando clarito “aquí estoy yo”; los que educadamente esperan su turno y ven perplejos cómo su prudencia solo va a conseguir triplicar el tiempo de duración de sus compras; los que marcan carácter intentando parecer educados y guardando la compostura, que solo después de sentir el agravio como intolerable eleva su queja con ciertas dosis de agresividad teñida de ironía.
Esta tipología describe al conjunto de consumidores que, por suerte o desgracia, deben realizar las compras de navidad para que el resto las disfrute. Lo curioso sería indagar quiénes son y cómo se comportan estos individuos en otros contextos.
Probablemente el primer grupo mencionado está compuesto por aquellas personas que hartas de asumir el monótono trabajo de avituallar a la familia todo el año, se encuentran en estas fechas con una cantidad ingente de personas. Su asiduidad las hace sentirse con el derecho a la prioridad, sean o no clientes habituales del comercio en el que entran. Esto explicaría quizás su actitud. Para mal del género femenino parece que son la mayoría aplastante de este primer tipo. En esta sociedad de igualdad de oportunidades de la que todos estamos tan satisfechos.
El segundo tipo parecen engrosarlo profesionales que ocasionalmente acuden a adquirir regalos atendiendo a las fechas que son. Su capacidad de espera y de adaptarse se debe a que seguramente gozan de vacaciones y por eso se dedican, o porque calculan muy bien el breve espacio en el que es posible no emplear más tiempo del debido. Para ellos, en cualquier caso, es una actividad extraordinaria que hasta les puede resultar estimulante.
El tercer y último tipo, sufre cierta ansiedad debido a que durante el año ya asume tareas domésticas, pero quiere guardar, como profesional educado, la compostura. Hasta que se produce una fricción imposible de regular entre sus deseos de finalizar y su querer aparentar. Ahí es cuando explotar y sacude irónicamente, a la organización del comercio y a los clientes del primer tipo, expandiendo un sabor agridulce que todos empiezan a mascar y que inquieta al más sosegado. Se produce el clima perfecto para que el ritmo se acelere en beneficio de todos.
Esto evidentemente es un análisis algo frívolo de la sociedad pudiente que estos días se convierte en un repetitivo suceso que perfora el cerebro hasta el absurdo. Pero desahogados del problema, nunca podemos volver a ese conjunto de personas que nunca saldrán en una tipología del comprador en las fiestas navideñas.
El que no compra lo básico, porque no puede, sí constituye un auténtico atolladero. Porque cada ciudadano deberíamos pensar que si lo equivalente que dedicamos en regalos –prescindiéramos de estos- lo destináramos a facilitar el sustento básico de una familia – alimento, gastos corrientes,..- tal vez las luces de la ciudad brillarían con luz propia, y podríamos ahorrar también la energía eléctrica superflua para combatir la pobreza energética. Utópico. O que alguien recoja la idea y algún año organice una campaña en este sentido.
