Libertad y dignidad

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Inmersos en un devenir perpetuo que no concede descanso, nos transformamos en autómatas que reaccionan al alud de intensos estímulos, de origen privado o público. Esa sutil confusión que la manipulación de las nuevas tecnologías ha suscitado entre la intimidad y la libertad. Sin duda, para confundir lo relevante con la  esfera emocional e  intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares[1].

En consecuencia, la defensa de una vida digna exige en primer lugar unos bienes materiales mínimos para vivir, en lugar de apenas subsistir. Pero, asimismo la distinción básica entre lo que abarca lo íntimo, aspecto fundamental de la libertad, y la libertad misma. Un supuesto sin el que la sociedad civil queda presa de límites ilegítimos, que por desconocidos y perspicaces, invalidan la capacidad de rebelión contra un sistema totalitario económica y políticamente, como es el neocapitalismo que lejos de salvaguardar los derechos civiles, prioriza la rentabilidad económica a costa de usar a los ciudadanos como títeres alelados.

Así, el permanecer sumergidos, en una vorágine de sucesos incomprensibles, anula la capacidad de desarrollar la interioridad del sujeto que, podría sustanciarlo como un agente reflexivo y de cambio. Sin casi identidad, nos desvanecemos en un sistema aparentemente abstracto, pero que devendría identificable con esos recursos de los que se priva al ciudadano.

La revolución fracasa si la estrategia es perforar el núcleo que fundamenta el sistema, ya que detectados los intrusos son eliminados y neutralizados. Solo un movimiento social de naturaleza global, liderado por los estados privilegiados podría generar un replanteamiento de muchas estructuras políticas y económicas. Si, nos mantenemos pasivos estamos reconociendo un pacto social, resquebrajado casi desde su origen, porque tal vez, no fue más que un discurso legitimador de un sistema que apuntaba réditos sustanciosos a la minoría dominante.

[1] RAE manipular

EL GESTO

EL ESPACIO DEL KAOS: BABELIAS

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Es urgente atreverse a nuevas prácticas afectivas y gestuales que disuelvan esa generalizada desconfianza urbana que nos impide intimar con una humanidad escondida.- sostiene Ignacio Castro Rey en estos tiempos de cólera, rabia, odio y rencor. Tiempos convulsos de individualidades narcisistas , de individualismos egocéntricos , de yoes dogmáticos , de populismos adocenados , de masas amorfas. 

En estos tiempos prevalece las emociones mal entendidas, las pasiones viscerales, las mentiras repetidas para convertirlas en verdades, las informaciones subjetivas, la falta de conocimiento contrastado, los hechos construidos , sesgados, descontextualizados, los medios más que los objetivos, los instrumentos sin finalidades , los valores normativizados convertidos en estandartes de banderas y consignas, de una historia que ha dejado de ser narrativa para convertirse en discursiva de voceros , de altavoces e influencers que se dedican a señalar con el dedo la luna para que tapemos todas las lunas posibles . 

La felicidad…

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Elegía, Philip Roth

PANDEMÓNIUM

Las dos últimas novelas que he leído de Philip Roth, Patrimonio: una historia verdadera y Elegía, hablan rotundamente de la muerte. La primera sobre el propio padre del escritor, la segunda, la que aquí me ocupa, sobre la de un protagonista que empieza muerto, en su ataúd, en el cementerio, y que acaba liberadamente feliz, «Tal como había temido desde el principio».

La estructura narrativa que Roth elige nos permite acceder mejor a las diferentes luces que brillan en las caras del prisma. Podremos observar con precisión de bisturí, gracias a los saltos temporales, al protagonista como padre, como hijo, como marido, como profesional de la publicidad, como cretino… y en definitiva, como un ser humano con sus miserias y sus aciertos dentro de un denominador común: la fragilidad.

Philip Roth quiere resultarnos agotador, descorazonar por momentos al lector, y para ello nos muestra al protagonista en los brazos…

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HUMANISMO O POSTHUMANISMO

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Referirse a la naturaleza humana presupone una sustancialidad de lo denotado que ha constituido una de las cuestiones más controvertidas del siglo XX. En el momento en que conceptualizamos un “Algo” como sustantivo estamos, implícitamente, aceptando la realidad de un ser, no necesariamente como ente, que posee una inmutabilidad que lo delimita y define.

Contra este supuesto humanismo, como lo han denominado sus principales detractores, se erige el transhumanismo, que  podría sin forzarlo incluir en su seno la denominada ideología de género. Parece que quien utilizó por primera vez el término mencionado para dar cuenta de esta mutación insertada en un mundo fluctuante, veloz y con un desarrollo científico-tecnológico casi ni imaginado, fue Peter Sloterdijk quien desató la polémica a raíz de su crítica a la “Carta sobre el humanismo” de Heidegger, y contra la que se alzó la voz de Habermas.

La cuestión nuclear era de hecho que el humanismo parecía haber fracasado con su ideal de progreso y a la vista estaba como testigo la historia. Así, Sloterdijk apostaba por un cambio de paradigma, en aquello que constituye lo humano, que se beneficiara del desarrollo científico-tecnológico para doblegar los aspectos de la condición humana que no había mitigado el humanismo occidental a base de ideales y utopías, es decir abstracciones vacuas.

Por lo  tanto, algunos han concebido el transhumanismo como el paso del humano caduco al posthumano, aquel que asumía la posibilidad de transformarse en un ente distinto, gracias a las transformaciones que la ciencia y la técnica ponían a su alcance, alejándose del esencialismo tradicional y dotándose de habilidades y capacidades que exceden lo propiamente humano.

Dicho lo cual, aun intentando zafarnos de los temas recurrentes de  la filosofía, nos vemos abocados a una cuestión de sustrato metafísico que obtendrá aquellas respuestas que concilien fundamento y fin. En consecuencia, la disquisición de si “hay” o no una naturaleza humana, y en tal caso si estamos sometidos a exigencias éticas que orienten nuestras acciones continua azuzando el debate sobre el posthumanismo y hacia dónde puede llevarnos su realización, y si ésta es deseable.

Esto nos adentra de pleno, por ende, en qué es lo deseable, que en ocasiones había sido identificado con lo racional, pero que actualmente sería insostenible, en cuanto la racionalidad misma queda mediatizada por los fines que pueden ser absolutamente degradantes.

En conclusión, o apostamos  por una vida humana digna, en los términos que hasta ahora han constituido el referente de los que honestamente han defendido los derechos humanos –en una amplia concepción que traspase el imperialismo occidental- o asumimos el riesgo de mutarnos en entes que desconocemos a dónde nos llevará, aceptando simultáneamente que, como siempre ha sucedido, ese giro posthumanista será durante mucho tiempo el privilegio de una minoría, que dispondrá aún de más recursos para doblegar a la mayoría que quedará, por falta de medios económicos, al margen de esa “aventajada” metamorfosis.

La adolescencia inacabada y el neocapitalismo

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Adolescente es un término que proviene del latín  “adolescere” que significa crecer, madurar, criarse; es un verbo compuesto del prefijo “ad” –hacia-, y del incoativo de “alere” –alimentar, nutrir, criar-. Parece ser que el exceso de imaginación y una asociación errónea pero no arbitraria, ha generalizado la creencia  de que su origen latino le otorga el significado del que adolece o carece de algo, cuando, como hemos visto, su etimología indica lo contrario.

Esta interpretación extendida no es en absoluto caprichosa, al menos en nuestra época, se ve reforzada por el hecho de que la adolescencia sea una fase turbulenta emocional y físicamente, en la que el individuo está sometido a cambios propios y de exigencia social, que provocan un estado de confusión entre los patrones morales y culturales inculcados y la búsqueda de la propia identidad.

Ese yo que delinea los límites con lo otro, se va articulando simultáneamente con el reconocimiento ajeno. Sin esa dialéctica entre el intento de definir quién se es y la verificación y autentificación de los otros no cabe ninguna posibilidad de adquirir una identidad.

No obstante, es cabal destacar que esa supuesta identidad no está constituida y definida nunca de forma absoluta. En la medida en que la propia experiencia vital y la conexión con el entorno van modificándose, lo hace a la par lo que se considera constitutivo del individuo. Así, la falta de sustancialidad, en el sentido de no ser un sujeto estático y fijado de una vez por siempre, se agudiza especialmente en una sociedad en la que las formas de vida van mutando vertiginosamente. Es constatable que sin un entorno estable y unos patrones consensuados socialmente que puedan acoger y enmarcar la diversidad, el proceso de maduración se retarda. Aunque cada cual debería poder ser quien va decidiendo, en un contexto en que  la ausencia de una discriminación ética sobre los límites de lo tolerable, esta autoconstrucción se ve sumida en una confusión supina. Aquí, cabe destacar la función del núcleo familiar –sin prejuzgar cuál debe ser- en la educación de los infantes que proporcione un marco axiológico de referencia para la ulterior elección de los propios valores.

A esto hay que añadir un factor determinante en el lento proceso de maduración, el contexto económico y cultural de la era de un capitalismo pujante que se impone como el criterio de discernimiento. La crisis económica mundial, la globalización y el desarrollo tecnológico han generado un panorama  de incertidumbre, inestabilidad y precariedad laboral que dificulta –rozando casi la imposibilidad- la emancipación de los jóvenes que permanecen en su refugio parental, prolongando su adolescencia hasta edades inconcebibles años atrás. Pero, para complicar aún más este enjambre coyuntural, la política neocapitalista abona un terreno plagado de necesidades artificiales que solo pueden satisfacerse mediante un consumo irreflexivo que en los países más desarrollados se ha vinculado a una vida digna y feliz. Esta contradicción entre lo posible y lo real o accesible es relevante porque crea unas expectativas en los jóvenes que raramente podrán cumplir.

Tenemos por tanto, un contexto elitista laboral que acoge a una minoría multi-formada –grados, masters, posgrados, idiomas, etc.,..- y con contactos significativos, y excluye a la mayoría del tipo de vida que insistentemente se muestra como el referente de felicidad, y por ende inculca valores fundamentalmente crematísticos para conquistar este estado anhelado.

El horizonte de unos adolescentes que se debaten interiormente por el tipo de persona y de vida que quieren tener, se ve confrontado con una sociedad en la que el criterio axiológico es el dinero como medio imprescindible para poder llevar una existencia autónoma y satisfactoria, mediante el consumo de bienes materiales que pretenden sustituir la ausencia de referentes, la cual deriva, desgraciadamente,  en un laxitud ética del “todo vale” en la medida en que la individualidad y sus peculiaridades deben ser respetadas, sin tener en consideración el bien común de una sociedad que exige, para serlo, un nexo de principios éticos y un pacto para propiciar una vida felizmente posible.

Concluyendo, la adolescencia inacabada es un requisito de la sociedad de consumo que se nutre de clientes impulsivos que “sobreviven” gracias a la adquisición de bienes que exceden su poder adquisitivo y prolongan, a base de la imperiosa necesidad del satisfacer inmediato, una perpetua dependencia de la comunidad parental de la que solo pueden liberarse con un esfuerzo y sacrificio a contracorriente. Ni se ha educado a esta generación, que fácilmente ha disfrutado de mucho, en el voluntarismo y la claridad de objetivos a medio plazo, o lo que es lo mismo en la convicción de que sin esfuerzo no hay resultados óptimos –aunque éste tampoco es garantía de prosperidad necesariamente-  y por el contrario se le ha ofertado una vida de publicidad, que existe en la mayoría de los casos en los filmes que aun pregonan el sueño americano.

Las sociedades en vías de extinción del bienestar, son aniquiladas por un sistema neoliberal que recrudece las condiciones de vida para la mayoría y eterniza la adolescencia de una generación que ha tenido muchos más de lo que posiblemente podrá adquirir por sí misma.