El hombre y la historia de Fukuyama

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Los dos últimos decenios del siglo XX fueron escenario de prospecciones sobre el futuro de las sociedades occidentales, a tenor de la caída del comunismo, y la reunificación alemana. Entiendo que cabría destacar, por el impacto que tuvo como profecía, no tan evidente en ese momento “El fin de la historia y el último hombre “(1992) de Fukuyama, quien destacaba el triunfo del liberalismo como pensamiento único y la democracia liberal como forma de gobierno. Lo cierto es que Fukuyama tuvo una visión precisa de la evolución que se avecinaba. Otra cuestión sería, establecido el imperialismo liberal capitalista ¿hacia dónde nos ha dirigido?

La imposición, curioso, en el contexto de sociedades democráticas, de un pensamiento único, no ha sido ni ha proliferado con la placidez que se auguraba. Con el tiempo y la consciencia que la sociedad civil ha ido tomando de esta sutil dictadura ideológica, por eliminación de cualquier oposición, ha generado la aparición de movimientos de repulsa, de carácter parcial –fruto del atomismo postmoderno y el interés del neoliberalismo- como el movimiento antiglobalización, el alza del movimiento ecologista, movimiento gay y en los últimos años de crisis los indignados, las mareas, movimientos en defensa de viviendas dignas. Nada más peligroso para el neoliberalismo, como pensamiento único, esta diáspora de frentes de resistencia que se oponen desde la lucha en las calles y con convicciones ideológicas propias, a la ejecución de principios capitalistas que califican de injustos. El riesgo siempre es que pueda darse una unión de estos corpúsculos disidentes.

Así, tal vez se apresuró Fukuyama al denominar a este estadio de triunfo ideológico del liberalismo como fin de la historia, y al hombre, como el último. Primero, porque es difícil que el hombre se someta de buen grado a intentos de dominio, por sutiles que sean, en cuanto éste adquiere conciencia. Que otras ideologías se hayan mostrado impotentes, no implica que toda posible ideología lo sea, excepto el liberalismo, más aún cuando las limitaciones de éste son evidentes y tal vez sigue vigente porque es la forma de organizar la sociedad que beneficia a los más poderosos económicamente. En este sentido, la historia no finaliza hasta que no tenga fin la especie humana, porque esta sigue un proceso dinámico para bien o para mal. Por lo tanto, tampoco es el hombre liberal el último. Quizás, lo que acabe definiendo al hombre último no sea su ideología, sino sus acciones, y me temo que esto puede ser más grave aún.

En síntesis, Fukuyama fue un visionario agudo, que una vez implantado el liberalismo y la democracia liberal, no supo hurgar ya en las consecuencias y derivaciones que esto conllevaría. Su último libro, que no he tenido ocasión de leer, no parece tener, de antemano, la talla de su clásica obra sobre el fin de la historia. Quizás porque sus análisis son, absorbido por los tiempos que corren, parciales y con falta de perspectiva.

Por tanto, el pensamiento único ha entrado en crisis y esto se constata en la disociación que hay entre Instituciones políticas y económicas y Sociedad civil. El último hombre, está a su vez escindido entre el que forma parte de la ciudadanía y en muchos países se mueve por valores de solidaridad, justicia y empatía, y aquellos que ostentan el poder, que parecen haber perdido todo tipo de horizonte moral, sin ruborizarse. No podemos unificar ni simplificar en un único “paquete” ni el pensamiento, ni al hombre, porque eso es precisamente lo que busca el liberalismo para no dejar ningún resquicio a la disidencia.

Esperanza

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Creer que ha de suceder algo favorable y deseado genera un estado de ánimo que denominamos esperanza. Esta funciona como motivo de acción y elude la desidia, ya que está ligada a un sentido que se considera real. Sin nada que esperar se disuelve la razón que nos mueve y restamos individuos ubicados frente al abismo de una existencia sin esperanzas inherentes. ¿Es esto lo que legitima la esperanza? ¿O la esperanza se fundamenta en un algo consistente?

Acaso la esperanza, como estado de ánimo, no sea más que un mecanismo de defensa para lidiar con lo insoportable.

Pensando en Javier Marías.

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La literatura exquisita no es degustable por el gran público, no es de masas. Incluso, paradójicamente, quien debería poder catarla no percibe su superior finura. Algunos, como Javier Marías son víctimas de esta ilustre ignorancia, que siempre es atrevida.

Nihilismo, hoy

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Mucho se ha hablado del nihilismo en nuestra Sociedad que creo empieza a dejar poso. No es por tanto un fenómeno nuevo ni último es su fisonomía, porque si algo caracteriza este estado de la cultura es su dinamismo frente a la concepción más estable de lo que la modernidad consideraba fundamental.

Así bajo el supuesto nihilismo, la etapa postmoderna, aquella que se alzó contra los principios más hirientes de la modernidad, se identificó con un individualismo hedonista, que huía como de la peste de los colectivismos en que el individuo quedaba disuelto; con un relativismo o un vacío de valores, fruto de la crisis de los grandes relatos a que condujo el fracaso de la modernidad –anticipada por la simbólica muerte de Dios-; con un culto al cuerpo, a lo sensible, a lo superficial derivado de ese hedonismo; y una exaltación del presente menospreciando el valor del pasado, contra el que se oponían; y de un futuro lleno de incertidumbre.

Pero esta expresión nihilista ha ido evolucionando y podemos reconocer que no es exactamente la misma en los años ochenta que en la actualidad.

Los grandes relatos siguen sin cuajar, porque el único que se mantiene vivo, porque es el discurso legitimador del poder económico, es el neoliberalismo, y no creo que se pueda afirmar que sea reconocido como deseable por una mayoría. Sin embargo, el individualismo que podría generar la falta de un relato unificador se ha transformado con el tiempo en una red de cooperación ciudadana donde quien ha quedado expulsado, por desconfianza, ha sido el estado, el representante del “discurso engañoso”. Los individuos son más pragmáticos, huyen de las grandes palabras, pero se asocian con agilidad para organizar un comedor diario que auxilie a cien familias del barrio que están en situación de pobreza extrema. Saben que su aportación y su esfuerzo no son manipulados ni tergiversado, ni usado fraudulentamente.

La solidaridad se ha convertido en la respuesta a las palabras vacías que ha desbordado la voluntad de las instituciones y ha evidenciado que hay problemas que no se solucionan por falta de voluntad política, no por falta de recursos que han facilitado los ciudadanos sin reparos.

El nihilista del SXXI no tiene esperanza. La existencia parece un sin sentido, la sociedad occidental ha llegado al punto más álgido de decadencia, de momento, en su historia, en todos los aspectos, sin que haga falta listarlos y argumentarlos uno a uno. Sin embargo, y aunque no haya valores más allá de los que cada sujeto se da a sí mismo, al nihilista –como a otros- no deja de sorprenderle la concordancia en un valor que es demasiado humano, que diría Nietzsche en un sentido algo peyorativo, como es la solidaridad. Si algo tiene claro el hombre de hoy, es un cierto sentido del dolor y el malestar del otro, motivo suficiente para que yo me implique en la medida que pueda en paliar ese sufrimiento. Tenga o no tenga sentido vivir, lo que no podemos es restar impasibles ante el mal vivir ajeno cuando vemos que son víctimas claras de la maldad de otros.

Está claro que no todo es predecible. Este tipo de nihilista, que abundan junto a creyentes, y otras especies, no le pareció posible a Nietzsche. O se era un descreído negativo y se entregaba a la desesperación con total pasividad, o se era un descreído activo y autoafirmándose se superaba el dolor del vacío, de la nada y se era capaz de vivir así, siendo referente para los demás sin compadecerte que eso siempre les debilita.

Así pues, estos tiempos que de momento no tienen un nombre unánime, pero que ya no son postmodernos, nos están enseñando algo nuevo: un humano que pende del vacío puede, por ello, ser muy humano con los otros

Voluntad de poder Vivir

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Creernos dioses nos permite hacer un uso del saber científico-tecnológico ubicado dentro del límite moral, porque a la vez que obtenemos el poder de hacer ampliamos las fronteras morales del bien y del deber. Esta elasticidad conjunta de lo que podemos y  lo que debemos genera la falsa conciencia de actuar bien, que sirve de lenitivo para soportar la soberbia de los que siendo seres mediocres se elevan al rango de divinidades.

Seguimos siendo siervos de una moral a la que burlar, es decir, en la que aparentamos creer y en relación a la cual debemos legitimar nuestras acciones. No hay renovación de los valores tras la muerte de Dios. Nada entendimos, más que somos diosecillos destinados a reinar pero castrados por nuestra incapacidad de ser auténticamente.

La voluntad de poder está al servicio de la Vida, la ciencia y la tecnología también.

Autoridad: los límites

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Todo individuo necesita de una figura que encarne la autoridad para ayudarle a fijar los límites. Esta es asumida normalmente por las figuras parentales que deben haber interiorizado que no puede ser ejercida mediante la amenaza del castigo físico (tortazos, cachetes,…) Solo en situaciones excepcionales en que corra peligro la integridad física del niño el uso del castigo físico, como por ejemplo un par de azotes, puede tener eficacia y estar justificado, entendiendo que la misma excepcionalidad de la medida alerta al niño de que la conducta es especialmente dañina. Esto no excluye la pertinente reflexión y diálogo posterior con el menor como siempre.

Puntualizadas estas cuestiones la autoridad se consigue por la admiración moral y humana que los padres, por el amor que profesan a sus hijos, van canjeándose. Porque siempre dan razón de sus decisiones, en dialogo con los hijos y escuchan las razones que estos arguyen, haciéndoles ver que tal vez en ese momento la mejor decisión es la que proponen los padres.

Su contrario, el autoritarismo lleva a la larga a la violencia física por parte de las figuras parentales y al resentimiento por parte de los hijos. En una sociedad blanda y protectora como la nuestra es una situación peligrosa. Los niños saben de sus derechos y, como pequeños seres inmaduros y dotados de razón, pueden en un momento de rabia responder a un cachete con una denuncia en una sede policial. No sé qué criterios se utilizan para validar o no una denuncia de un menor, pero deberíamos poder discriminar cuándo hay una situación de maltrato y cuándo ha sido un cachete puntual, porque si no la poca autoridad que le queda a los padres puede evaporarse totalmente. Además, una conducta así en un chaval inmaduro, que consiga seguir su curso judicial, menoscaba las posibilidades de reconciliación familiar, cuando el error es otorgarle un poder al menor del que no pueda hacerse responsable. Por ello, disponer de una forma objetiva que ayude a dirimir cuándo un menor está sometido a maltrato y cuando no, antes de que una denuncia siga su curso, entiendo que es una medida fundamental para la familia y el propio menor en su proceso educativo.

Soy plenamente consciente de lo desafortunado que es hablar de la autoridad en un contexto que tiende –como recaída histórica- a confundir nuevamente el termino con autoritarismo mediante una fusión extraña, para realzar contextos educativos y de  aprendizaje en el que el educador es “un igual”. Lo que nos salva es que ciertamente esto es falso. Por aquello de cómo un ciego puede guiar a otro ciego. Y lo que me parece un soberano engaño es que se omita la necesidad que en el desarrollo psicológico hay de una figura que ejerza la autoridad porque esta al interiorizarla es la que nos permite posteriormente ejercer un autocontrol. Crear un espacio idílico en la escuela donde no hay constricción, ni límites es un atentado contra la salud mental porque no es real. Tengo la esperanza de que esa realidad irá imponiéndose por su propio peso

El libro de la vida

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La expresión “el libro de la vida” se usa a menudo con un sentido diferente al que tenía en su origen. Usado en el Antiguo y el Nuevo Testamento el significado coincidente residía en considerar el libro como aquel que contenía la lista de los que se salvarían e irían al cielo, a vivir la auténtica Vida. Posteriormente, y hoy para nosotros, implica el cúmulo de aprendizajes que obtenemos a lo largo de la vida, haciendo un paralelismo con lo que pueden ilustrarnos teóricamente la lectura de libros, el libro de la vida es la experiencia adquirida, lo aprendido viviendo.

Ahondando en este último sentido podríamos afirmar que, de hecho, cada uno escribe “el libro de su vida”. El vivir no es más que la escenificación de una tragedia, esa joya artística que emergió de la cultura griega, y que cada uno, como protagonista y por ende testigo primordial va novelando según su estilo literario y dejando la huella de un libro más de la vida.

De esta forma la metáfora del “libro de la vida” puede operar como tal a nivel individual o como estímulo para aquellos que siendo escritores deseen dejar su biografía como una encarnación de un libro de vida.

Lo relevante es que las vidas ajenas son ejemplares y funcionan como espejos en los que nos miramos para revisar nuestras vidas. Por ello no hablamos de abstracciones hoy en día, aunque usemos una abstracción, cuando nos referimos al “libro de la vida” sino a nuestra experiencia y al cúmulo de la de individuos concretos que nos sirven de referente para tomar decisiones y orientarnos en la existencia. Así, es de agradecer el gesto de aquellos que nos han legado el “libro de su vida” porque es una realización ejemplar de los referentes necesarios.

El Mito Adánico

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El Mito Adánico es la demostración definitiva -a saber por qué se ha dudado después- de que los varones tienen dos cabezas, y cuando la mujer está delante una queda anulada. De ahí, que hayan marginado a las féminas de los círculos donde se concentra el poder y se toman las decisiones, porque se sienten huérfanos de razón ante seres tan hábiles.