Monólogos de sordos

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Apelar al sentido común es el recurso de quien se quedó sin argumentos. No hay común forma de razonar cuando las emociones se han desparramado por la cadena de argumentaciones. Incapaces de lo que constituye un diálogo, y no dos monólogos de sordos, acuden al sentido común tal cual, como si hubiese algo de tal naturaleza más allá del consenso justificativo.

Crónica de una muerte anunciada: DUI-155/155-DUI

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Crónica de una muerte anunciada: 155 y DUI o bien DUI y 155, aunque el orden de factores no altere el producto, sabemos que unos afirmarán una sucesión, y otros, otra. Reitero que el diálogo fue siempre una ficción en cuanto el punto de partida de E: unidad de España era irrenunciable y el de C: independencia de Catalunya, también. Así que la antagonía impedía sentarse a mesa alguna. Unos quisieron revestir su campaña de la estética de la mediación, sin ser claros –aunque si lee con detenimiento la Carta del pasado lunes de Puigdemont a Rajoy se desvela cuál es el secreto de ese diálogo impostado, la innegociable independencia- porque son expertos del marketing,  y otros expertos pasivos asentados en el lema “Laissez faire, laissez passer” aplicado, sin pies ni cabeza, a un conflicto político.

Por el momento, la peor de las situaciones que cabía esperar. Felicidades a ambos gobiernos. Y mi pésame a todos los catalanes.

Tras la vida caducada…

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A la edad en que parece haber caducado hasta la vida, merece detenerse y ser testigo aún ante dos eventos: la espontaneidad sincera e ingenua de un niño y su extrema facilidad para regalar sonrisas al viento que sopla, y la reluciente ilusión de un adolescente ante una cita esperada, con el glamour de que la dota ante la apasionada convicción de que será La Cita.

Es casi mejor que vivirlo.

Culpa inapropiada

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De la culpa solo obtenemos angustia dolorosa, incluso sin ser responsables de nada. De ahí la urgencia de la honradez, ya que quien así vive puede sentirse exculpado y liberado del veneno demoniaco que otros pretenden inocular en él.

La memoria mermada

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La sensación flotante e incierta del tiempo se adquiere cuando el cerebro no es capaz de retener hechos inmediatos o mediatos. Los días fluctúan como vagos reflejos blanquecinos, vacíos por falta de distinción y el presente es una etérea medida de la que solo posees certeza en el ahora. La mañana del día, ayer se difuminan velozmente, restando tan solo una síntesis de los acontecimientos más relevantes. Lo cual es siempre aplastantemente subjetivo y puede erosionar el encaje con el otro, sin que haya voluntad ni pretensión de dañar.

Por eso la memoria, mermada a destiempo, por alguna disfunción cerebral, es una pérdida que debe ser aceptada por el sujeto que la padece y su entorno. Sino, se malinterpretan las intenciones, los intereses y en sustancia el afecto del sujeto incapacitado.

Sin papeles, mejor

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No se me antoja atractivo ser súbdita de unos, ni de otros. Quizás reclame la baja como ciudadana de todo Estado y me convierta en sin papeles, sin identidad y no existente. De ahí a que me trituren  debe restar un paso.

Morir en compañía

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Cuando la muerte nos da la mano no tenemos opción, porque no cabe elegir otra compañera de baile. Este se baila con Átropos, la deidad que mientras llevamos el ritmo sesga el hilo de nuestra vida. Y en este movimiento o estertor final, podemos sentir la mano de alguien amado que acompaña –qué valor y qué consuelo- o hallarnos solos recordando –retrayendo al corazón- a quien hubiésemos deseado que nos alargara su mano, mientras cedíamos al baile mortal.

Ahora bien, asumamos que tal vez nuestra vida no merezca que nadie desee acompañarla en la muerte. Esta circunstancia sea tal vez testimonio de quiénes hemos sido, o no. Porque se necesita valentía, templanza y coraje para acompañar a alguien a morir.