Nihilismo y posthumanismo

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Tras la metafórica “muerte de Dios” anunciada por Nietzsche, se fue materializando lo que ya previó tiempo atrás su admirado Dostoievski, que “si Dios no existe, todo está permitido”. Sea por defunción de una falacia, o por no ser nada en sí, lo cierto es que la carencia de un ente supremo que regule, limite y oriente las acciones humanas puede interpretarse como un hándicap. Y esto porque la naturaleza humana ha sido moldeada culturalmente en la imbecilidad –en sentido estricto- llevándolo a la creencia de que nada bueno puede brotar de uno mismo si no es por la presencia de algo trascendente que le otorgue esa bondad.

El pensamiento nietzscheano es un acto de empoderamiento del hombre mediante el cual, éste debe ser capaz de dotarse de sus propios valores, superado el derrumbe de los grandes ideales de la modernidad. Ahora bien, la cuestión ¿es cuál es el criterio de establecimiento de esos valores?

Parece obvio, y esto no exige más aclaración, que las nuevas creaciones axiológicas se elevarán desde el relativismo cultural o incluso el subjetivismo moral. ¿Implica esta diversidad que no pueda haber ningún valor compartido para establecer ciertos límites en las acciones humanas?

De hecho, deberíamos reconocer que la intuición del filósofo prusiano de que es la voluntad de poder, de dominio y de autoafirmación lo que regula las acciones humanas se aproximaba bastante a lo que la experiencia y la historia nos van desvelando. En ese sentido el afán del hombre de superar y doblegar cuanto surja a su paso, está orientando la investigación científica y tecnológica a elevarse por encima de su propia condición. Quizás de esa limitación que nos restriñe, no como humanos, sino como seres vivos, que es la mortalidad.

El transhumanismo –heredero de un nihilismo activo- aboga por un uso y aplicación de la tecnología que pueda suplir las carencias que los humanos padecemos por diversas causas. Este avance podría consistir en la implantación de miembros robotizados que nos han sido amputados –manos, piernas,…- o también en la simulación de humanos, que sean realmente máquinas, pero con la capacidad de reaccionar a una diversidad de situaciones inimaginables, pudiendo incluso realizar tareas de cuidados de personas mayores. Es ilustrativo en este sentido el film “Un amigo para Frank”[1], dura y a la vez tierna alegoría de la soledad en la que viven nuestros mayores. Pero también, y entramos aquí en la cuestión más controvertida, la supuesta pretensión de inmortalidad, que no deja de ser una quimera que quizás llegue a materializarse en una prolongación artificial y contra-natura de la vida humana.

Seguramente habrá muchos partidarios de esta aventura científico-tecnológica que consiga mantener a una casta privilegiada de humanos hasta los 150 años –por poner un ejemplo- pero tal vez debamos preguntarnos que nos empuja a este empeño el amor a la vida -¿qué tiene la vida de tan excelsa a lo largo de tantos años  para querer perpetuarse?- o el pánico a la muerte y la convicción nihilista arraigada del no-ser absoluto que nos aguarda –cabría apuntalar que en este sentido el nihilismo pierde su fuerza creadora y se retrotrae a una actitud pasiva que padece el morir, pero no lo sustenta-

Sea como fuere, y lo reconozcamos ahora o no, necesitaremos límites en nuestro quehacer científico y tecnológico; criterios éticos consensuados que eviten que la humanidad siga haciendo de sí misma una especie indeseable.

[1] http://www.filmaffinity.com/es/film983516.html

Revivir

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Si a quien reconstruye su vivir, o lo inicia como tal con conciencia, le mostramos las ruinas huecas de las que parte, en crudo, estamos evidenciando la difícil tarea de vivir, habiendo estado casi muerto. Es algo así como invitarle a masticar su miseria para que tras la indigestión resurja vívido negando un pasado que lleva en las entrañas. No tienes vida –le espetamos sutilmente- pero estás obligado a crearla.