En la bibliografía de algunos escritores hay obras que constituyen un hilo conductor biográfico –Paul Auster, por ejemplo- Aflora en ellos la imperiosa necesidad de contarse a sí mismos, y por ende recordar, y dar forma de relato a una serie de sucesos que se transformaron en auténticos acontecimientos en sus vidas.
Porque lo que merece ser calificado de acontecimiento en la biografía de un sujeto no es relativo a ningún elemento de valoración objetiva sobre el suceso, sino al impacto emocional y de por vida que aquellos hechos tuvieron en quien los vivenció.
Por ello, las obras que un escritor o un novelista de talla nos brinda como testigos de su acontecer son un legado íntimo, veraz –que no por ello verídico[1]– y siempre bello por la autenticidad de la vida de un artista que, si lo es, probablemente ha masticado la tierra.
