La existencia precede a la esencia, pero existir debería ser una opción primaria.

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Una contienda, una batalla, una lid más sostenida y soportada porque hay que permanecer, debemos persistir porque se nos presupone la lucha por la existencia, no ya como humanos, sino como vivos. Sin embargo el manido derecho a decidir es antes que una atribución política, una cuestión de humanidad de un sujeto concreto, de carne y hueso unamuniano, que afronta el reto más primario con el que topamos: el querer vivir. Y de esta posible voluntad, sea cual sea, debería derivarse el derecho básico a optar por lo que nos ha venido dado: una existencia hondamente sentida que o deseamos convertirla en vida, o para qué, y por qué mandato natural estamos obligados a preservarla. Lo sustantivo debe poderse querer o no, y a partir de ese primer combate lidiado ya ejerceremos otros derechos a decidir.

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