Las sociedades complejas y la paradoja de las identidades.

Un comentario

La identidad es un sueño de una absurdidad patética. Se sueña con ser uno mismo cuando no se tiene nada mejor que hacer. Se sueña con ello cuando se ha perdido la singularidad (y la cultura es precisamente la forma extrema de singularidad de una sociedad).“ —  Jean Baudrillard El paroxista indiferente (1997)

La complejidad de las sociedades actuales constituye una masa amorfa en la que es difícil discriminar qué mecanismos operan, aunque creamos haber identificado alguno de ellos que, probablemente, no es más que un ramal de la matriz principal.

¿En qué reside esa complejidad? En individuos descabezados como pollos que, ávidos de saberse siendo alguien, buscan su identidad en alguno de los múltiples colectivos y grupúsculos que la componen. La variedad de feminismos enfrentados, el movimiento  LGTBIQ+, los grupos en defensa de los afectados por la salud mental, los desahuciados, los independentistas, las asociaciones en defensa de las innumerables enfermedades raras, los grupos radicales vinculados a equipos de fútbol, los que luchan contra las enfermedades degenerativas, los ecologistas, los okupas, los diferentes partidos políticos, etc.,…y esta amalgama de reivindicaciones parciales incapaces de aunarse para hallar aquello que, como individuos que son ciudadanos en una sociedad democrática, los une y tienen en común. Aquello que en definitiva les pertenece a todos por derecho pero que se disuelve ante la ausencia de movimientos transversales que reclamen lo universal, que atañe a las condiciones irrenunciables de existencia material y no material.

Aún se complica más si consideramos que no todos entienden lo mismo por democracia, la relación entre los representantes y el poder que deberían tener los ciudadanos, su participación en lo social y político y, por ende, nuestras democracias son cada vez más descafeinadas e incluso podríamos dudar de la calidad democrática de muchas de ellas.

Y en este maremágnum, las tecnologías de la comunicación -lo de información exigiría muchos matices- la inteligencia artificial y en resumen la digitalización de una sociedad en la que todos podemos acabar controlados, sin apercibirnos, y que abre otra brecha: la digital, entre los que tienen acceso y los que no -otra versión de los que poseen más riqueza vs. los pobres-.

El intento de describir la complejidad de la sociedad se ha realizado con el propósito de mostrar que esta aparente dispersión, divergencias del marasmo social no debe funcionar caótica y azarosamente como podría parecer. Por el contrario, la hipótesis es que el neoliberalismo promueve esta manifestación y expresión de la libertad individual que tiende por necesidad identitaria a buscar su lugar, porque beneficia al sistema económico en la medida en que la diversidad de demandas y consumidores aumentan y, lo más relevante, que esa romántica rebelión social ante las desigualdades cada vez más profundas no se aglutinan bajo colectivo alguno. Con lo cual no hay presión, no hay revueltas y como se dice popularmente a río revuelto ganancia de pescadores, donde nosotros somos los peces y los pescadores los que poseen el poder económico que son los que dirigen el mundo.

En otros términos, la falta de vínculos, de lazos entre los individuos, el desarraigo entendido como un nihilismo en el que no hay hilo que nos una y nos comprometa, deja en bandeja a la sociedad para ser vehiculizada hacia los estados convenientes para quienes solo buscan su beneficio económico y particular.

Afirmar la pluralidad y diversidad no debería ir en detrimento de la comunidad política, que necesita precisamente de lo común que nos une y del fortalecimiento de esos vínculos, sin la necesidad de renunciar a otros más reducidos o parciales.

Sin embargo, lo cierto parece ser que vivimos como entregados al destino, como si nada dependiese de cada uno de nosotros, sintiéndonos protegidos en nuestro grupo identitario sin apercibirnos de que esa estrategia es un imperativo sutil impuesto desde fuera y al que nos estamos sometiendo pasivamente. Si antes se nos daba pan y circo, ahora de nos entretiene y dispersa con supuestas identidades sacralizadas que tienen además la ventaja de ser elegidas por nosotros y ser variables, dinámicas dependiendo de cómo sienta o perciba los distintos momentos.

Lo dicho anteriormente puede constatarse visitando, por ejemplo, esa nueva joya que nos proporciona la tecnología que es Tiktok. La experiencia individual como referente para otros, ante los que me presento bajo la categoría de mi enfermedad, mi orientación sexual, mi condición sexual, y un gran etcétera que nos brindan un panorama de plena libertad -posverdad flagrante-.

En síntesis, los pollos descabezados corren azuzados por la búsqueda de una identidad en un contexto en que la libertad consiste en deconstruir toda identidad, por considerarla limitante, disciplinaria y dominante. Y en esa confusión de no soy lo que dicen que soy, pero acabo siendo aquello que no es nada, que ya es ser algo, me someten ante mi inconsciencia mediante la negación de lo que es auténticamente relevante para una vida digna: lo que nos vincula como humanos que aspiramos a que vuestra vida sea vivible; y esto exige como condición sine qua non la radicalidad de vincularse como seres interdependientes y necesitados los unos de los otros, al margen de nuestras singularidades que deben encontrar espacios de expresión, pero nunca elevar a esto últimos al espacio por antonomasia, ya que eso desmoviliza a las sociedades en el ejercicio imprescindible de reclamar lo que nos corresponde y necesitamos para que la existencia de todos y cada uno sea posible.

Cabe precisar que lo expuesto hace referencia a sociedades opulentas, y que un análisis más profundo aportaría más luz a esos mecanismos internos que operan a nivel mundial, pero que exceden las posibilidades de este post y de quien suscribe el texto.

¡Encontraros a vosotros mismos! Entonces sabréis lo que es ser un pollo descabezado.

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