La muerte

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La muerte es ese horizonte que se nos antoja ajeno y lejano, y al que evitamos mirar. Nunca es lo mismo pensar en la propia muerte, algo real y encarnado, que referirnos a la muerte de otros. Muchos de ellos desconocidos que las sociedades del bienestar y la cultura de la nihilidad ocultan sutilmente; la cuantificación es el recurso de la modernidad frente a la cualificación. Somos capaces de cuantificar el número de muertos con relación al suceso X, como sin hablásemos de kilos de patatas, porque en ese ejercicio de reducir el muerto a un número le sustraemos su entidad, lo vaciamos de identidad, lo desencarnamos, y pasan a ser estadísticas que manejamos sin pudor alguno.

Solo de esta forma somos capaces de hablar de los muertos, como puntos iguales que engrosan datos utilizables para justificar determinadas políticas.

Estamos habituados a ello. Sin embargo, cuando la cuestión es la propia muerte se nos eriza el vello, nos invade la angustia y nos quedamos paralizados. Nuestra experiencia con la muerte es siempre la muerte del otro, y aunque esto puede producir un inmenso dolor tardamos incluso en asimilar que eso haya sido posible. Que ese otro amado ya no sea nada, tan solo un recuerdo, una herida abierta por su ausencia.

Sería beneficioso poder imaginar la propia muerte, indagar sobre ella, tenerla entre las manos, para despojarla de ese halo de misterio terrorífico que la envuelve. La vida no es una preparación para la muerte, como afirmaron algunos antiguos, pero sí forma parte del estar vivo ya que en esta condición de vida está implícita la muerte, y así deberíamos afrontarla. El acontecimiento del que tenemos certeza y que seguro que tendremos que afrontar.

Entenderla, comprenderla de una forma u otra marca la vivencia que tenemos de ella. Sin obsesiones que solo petrifican, con la naturalidad con la que empezamos a vivir debemos entender que dejaremos de hacerlo. Cómo concebirla es subjetivo, pero la necesidad de hacerla presente como un futuro -el único- que se realizará es universal. Huir de ella continuamente también angustia, aunque nos corroa casi inconscientemente.

Por ello, que el tiempo de vida es finito y que nuestra forma de asumir la finitud debe ser fruto de nuestro libre ejercicio del pensar y el sentir, también. Sobre si puede haber libertad atenazados siempre por el miedo a morir, es una cuestión crucial para que nuestra existencia sea auténtica vida, y no se agote en el esfuerzo angustioso de negar o no mirar la muerte. Quizás, esa posibilidad de libertad solo puede ser pensada en esta materialidad finita que somos los humanos, aunque cualquier manera de concebirla que nos proporciones serenidad y paz es válida.

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