Sánchez/Feijóo: la cara de la vergüenza.

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Visto y oído el cara a cara entre los candidatos de los grupos con más representación parlamentaria en España, Sánchez y Feijóo, no resta más que reclinarse en el cojín que uno tanga a mano del sofá y sumirse en la convicción que las democracias están tan enfermas y en declive como el planeta.

Observar cómo los supuestos personajes que deben liderar el país en los próximos años son incapaces de dialogar y profundizar en las ventajas que tiene una propuesta frente a la del opositor es deplorable y evidencia una vez más que no hay diálogo político, sino confrontación y que la única arma para vencer al otro es desprestigiarlo. Es decir, no hay debate público a partir del cual los ciudadanos puedan ser convencidos o no, sino una discusión más o menos apasionada o impostada muy vacía de contenido y que parece más orientada a las emociones del ciudadano que a su capacidad crítica. Es cierto que, como decía hace unos días un colega filósofo, no podemos idealizar a la masa de ciudadanos. Los criterios para decidir el voto son simplistas, y tal vez estas campañas o debates están a la altura de lo que merecemos. O son un reflejo de lo que la ciudadanía es en general.

Sin embargo, si se situaran los debates políticos en el terreno que les corresponde y desmontando las propuestas del contrario por su inconsistencia práctica, quizás todos se plantearían algo más que las filias o fobias que nos producen determinadas ideologías.

Como siempre ha sido desde que hay democracia en España, y supongo que, en otros países, la desinformación del ciudadano haciendo malabares con los datos, que siempre acaban demostrando lo que pretendemos, es un argumento que el otro contrarresta calificándolo de mentira. Y, ante tanta acusación mutua de faltar a la verdad, el mareo, la desorientación y la pesadez mental de los ciudadanos lleva a muchos a apagar el televisor.

Estos cara a cara son una muestra más de la democracia del espectáculo que observamos días a día en el Congreso de los diputados donde nunca hay diálogo, ni análisis en profundidad de las opciones antes de tomar una decisión, sino una verborrea insulsa, pero dañina, que lleva al ciudadano a preguntarse ¿para qué cobran estos señores/as? ¿por qué tienen pensiones privilegiadas? Viendo lo que hacen o lo que muestran que hacen, y en eso radica la transparencia, muchos de los ciudadanos estarían en condiciones de hacer lo mismo y mejor. El único impedimento es que no se han afiliado en un partido para hacer carrera política.

Otro de los aspectos llamativos del evento fue que ninguno de los dos mencionó la política de inmigración, ni las muertes en el mediterráneo. Por unos segundos pensé que debía llevar años soñando una realidad paralela.

En síntesis, un desastre. Sería mejor hacer un micrófono abierto con los dos representantes y el resto de los partidos que se presentan, y que estos tengan que responder a preguntas de ciudadanos, tanto en directo, como por redes o telefónicamente. Sin que haya ningún tipo de censura, aunque esto suponga que se dedican varios días consecutivos de la campaña a este menester.

La democracia tal y como tiene lugar de hecho sigue siendo el mal menor, triste calificativo.

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