Escupiendo culebras envenenadas que acierten alternativamente su diana, descargamos la inquina que nos horada. Sin embargo, esa rabia parece infinita: no se sacia, y desea más objetos que sean sus víctimas. Y es que, cuando el resentimiento y el odio borbotean en el interior, fluyen como reacción a un daño básico sufrido. Nadie, ni nada podrán atajar ese surtidor interno que nos impele a gritar, a proporcionar aldabonazos a diestro y siniestro. Son heridas en carne viva que nos van matando, y nos despojan de la esperanza de que algo pueda ser benigno, bien intencionado.
Nadie se defiende si no se siente en peligro, y esa percepción malévola está mediatizada por la rabia primaria, que cuajó lentamente a base de ser maltratado y no poderse revolver. El deseo es voluntad de imponerse, de controlar a los otros, para protegerse de cualquier atisbo de dolor que puedan causarnos.
Quien ha sido traído al mundo peligrosamente, no puede asumir riesgos innecesarios.
