El imperio de los datos.

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En una cultura en la que el imperio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo es una exigencia de la fisicomatemática, que sirve de referente sobre lo verdadero y lo falso ante la carencia de otros criterios de verdad objetivos, los ciudadanos, la corporalidad que somos, se transforma en un número. Todo es número rezaba la máxima pitagórica que abre las puertas a la matematización del mundo y con ella al imperativo del valor de lo que acontece por su cantidad, su inmensidad en un mundo finito y limitado. Y cuando todo se iguala mediante el número, no hay singularidad ni diferencia, se nihilifica lo que hay, porque si todo es igual, ninguna cosa es propiamente nada. Es el terreno mejor abonado para que acabe teniendo lugar la denominada revolución digital, que dicho rápido y pronto, puede abocarnos a la maquinación de la vida humana.

Estos grandes trazos introductorios sirven para apuntar alguna nota sobre cómo evaluamos esos grujidos terroríficos de la naturaleza -como si algo la tuviese ciertamente rabiosa- a base de cuantificar muertos, heridos, desaparecidos y daños materiales en su valor monetario. El terremoto acontecido en Marruecos y las lluvias torrenciales de Libia pasan a ser números que, como datos objetivos, parecen despojar las consecuencias de la tragedia y el drama de tantas personas de su carácter cualitativo: el dolor, la desesperación, el hambre, la falta de viviendas derruidas, la soledad en la que se han quedado tantas personas al perder a la totalidad de su familia, etc. En contraposición, si tenemos noticia del drama de alguien conocido. o más o menos cercano, se nos eriza el vello y nos quedamos afectados durante un tiempo. La diferencia sustancial es que del suceso próximo guardamos el rostro de la persona, el fallecido o familiares, y nos resulta insoportable el dolor que puede asolar a esa familia.

En el caso de los desastres que han acontecido estos últimos meses entre incendios, inundaciones, terremotos, guerras, nos hemos habituado a oír números descualificados, hemos perdido la sensibilidad de que detrás de cada X hay una persona que ha visto su vida truncada de manera trágica. Hacemos minutos de silencio, algunos -los menos- se movilizan para apoyar y socorrer a los supervivientes e intentar dignificar la vida que les queda, pero pasada la noticia narrada, procuramos tirar a la papelera cuanto hemos oído, diría que por un mecanismo de supervivencia. No podemos cargar con todas las tragedias de este mundo. Sin embargo ¡son tantas! Nos queda una cierta acidez y purito en el alma por no poder, o querer, saber más con el objetivo de protegernos. Esto último queda patente en las muertes que se producen, casi a diario, en el Mediterráneo de personas que huyen de su país de origen buscando un lugar donde poder subsistir. Es ya, para nosotros, una música de fondo de la que no nos altera ningún acorde.

Quizás, no haya nada más reprobable, que la indiferencia ante las tragedias ajenas, habiéndolas normalizado como algo que pasa, pero en la medida en que no nos afecta a nosotros directamente continuamos sin alterarnos, tan siquiera, ante la noticia.

Esto es un efecto de la cantidad de información transmitida como dato numérico, y la sobreinformación a la que estamos sometidos. Discriminar entre tanta tragedia las peculiaridades de cada una, intentar poner tras ella rostros humanos acabaría con nuestra capacidad mental de continuar con nuestras vidas.

Por esta razón, hay una gran parte del mundo que padece y otra que enmudece, no sea que los próximos seamos nosotros, como si fuese una especie de superstición arcaica. Lo que nos resta es exigir investigaciones que esclarezcan cuántas de estas muertes podrían haberse evitado si se gestionaran bien los recursos de cada país y se emplearan adecuadamente en cada contexto. Reclamar esto, no es tocarle las narices a nadie, sino clarificar qué se está haciendo mal para poderlo mejorar. Ese es el propósito.

De muy diferente naturaleza es quien muere atropellado por un tren cuando se cruzan las vías por donde no se han habilitado pasos seguros de peatones. ¿Debe el gobierno invertir en vallar todos los tramos por los que algunos irreflexivos atraviesan las vías cuando no se deben? Ciertamente, y sé que estos nos tocan más de cerca, creo que no. El estado no tiene que protegernos de nosotros mismos, en cualquier caso, regular mediante leyes el funcionamiento social, pero nunca asumir el tutelaje de los ciudadanos como si de niños se tratara; al igual que los padres toman medidas para que sus bebés no corran peligro por su falta de conciencia. Si queremos libertad, esta tiene un precio que se llama responsabilidad. No hay otra. Situación radicalmente diferente de las que mencionábamos anteriormente.

Sintetizando, la datomanía, que bien manejada puede proporcionar información relevante a los poderes fácticos para manipular u orientar los deseos de los ciudadanos, simultáneamente nos condena a la sociedad de la nada, por homogeneización. Esto se ve, a su vez reflejado en la indiferencia que, por incapaces de procesar tanta desgracia, adoptamos los ciudadanos bienestantes, y nos alerta de cómo este camino puede conducirnos a una sociedad progresivamente des-humanizada en la que las máquinas nos faciliten mediante su racionalidad mejorada esa tarea de restar pasivos ante la devastación que padecen gran parte de los humanos y el planeta mismo. Será el triunfo decisivo de la máquina sobre el hombre, por carencias o debilidades de este, y tal vez asistamos a un planeta en el que los simios seremos nosotros -que lo somos, aunque algo aventajados- y lo dominadores máquinas que prescindiendo de emociones toman decisiones atendiendo a la mayor eficacia en el mejoramiento de la vida de los que queden, a lo peor las mismas máquinas.

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