La reflexión filosófica se ha convertido en una demanda actualmente, de la misma manera que sucedió en otros momentos con la religión, los mitos, …Un requerimiento que surge de una necesidad: la de comprender la complejidad de un mundo que cambia con rapidez y cuyos mecanismos de transformación se nos escapan. Aunque esa necesidad no puede surgir como política si no hierve como urgencia en el individuo. En consecuencia, la carencia de comprensión es del individuo que está inexorablemente unido a lo Otro -los otros y el mundo- y cuya inquietud nunca puede ser acallada, porque rebrota manifestándose de formas diversas.
Así, la Filosofía tiene hoy una responsabilidad política -cuyo origen es el individuo- que debe asumir, pero sin prescindir, a mi juicio, de los conocimientos que en áreas más específicas se poseen.
Una muestra de lo dicho puede encontrarse en la proliferación de libros que aparecen sobre la fragilidad, la vulnerabilidad, la vergüenza y una serie de emociones que no creo que puedan ser abordados filosóficamente si prescindimos del referente nuclear sobre el funcionamiento de la psique humana como es el psicoanálisis de tradición freudiana.
Cabe puntualizar que partimos de la concepción del humano como corporalidad, es decir, experiencia y conocimiento de la materialidad que constituimos. Tan solo, a efectos de exposición y por limitaciones del lenguaje cargado de una potente tradición dualista, utilizaremos el término psique para referirnos a la experiencia propia y de lo Otro. Desechando el uso de la psique como si fuese algo diferenciado del cuerpo, sino como la autopercepción y vivencia de la materia de somos.
Así, y prosiguiendo con el propósito del artículo, la Filosofía debería nutrirse de concepciones de la corporalidad psicoanalíticas que nos ayuden a situar las emociones -lo que mueve el cuerpo- como una imbricación entre la experiencia propia y los estímulos de los otros cuerpos.
De esta forma, la fragilidad, por ejemplo, no es un estado de nuestro cuerpo que se observa desde fuera, sino la experiencia de nuestra corporalidad que en su proceso de interacción e interdependencia se ha fijado en nuestro sentido del “yo”, como si fuese algo propio y vivido como una carencia imperdonable. De donde, como podemos intuir, aparecería un sentimiento de culpa por ser frágiles. Por el contrario, analizado desde una perspectiva filosófica, podemos identificar la fragilidad como condición humana, a la vez que debemos reconocer que hay individuos que se sienten más frágiles y que además pueden serlo, por la interacción con el entorno y los estímulos que este individuo ha experimentado desde siempre. El humano es fragilidad, corruptible, susceptible de ser dañado y, además, hay corporalidades que lo son especialmente a consecuencia que la interdependencia ha ejercido sobre ellos. En definitiva, se trata de entender que nuestra condición es compartida, pero que la diversidad de experiencias da lugar a múltiples corporalidades, unas más dañadas que otras.
La Filosofía debe reflexionar sobre lo político, en cuanto el humano es inexorablemente político -en el sentido más genuino del término, social – pero también, constatando que la diversidad es hoy algo, paradójicamente, común, por lo que sería insuficiente pensarnos sin considerar esta diversidad que -no solo debe ser formulada teóricamente- como realidad encarnada en los cuerpos emerge con una complejidad tremenda. Y ésta debe ser tenida en cuenta, no únicamente para analizar estructuras que nos encajonan, sino para entendernos como cuerpos únicos que exigen un marco de convivencia donde todas las corporalidades tengan cabida.
Como afirma J. Guimón:
“(…) la vivencia del cuerpo puede ser afectada por otros factores macrosociales, histórico-culturales. En efecto, la evaluación de nuestra propia corporalidad dista mucho de ser objetiva y precisa. Por una parte, nuestro cuerpo no tiene apariencia constante puesto que cambia continuamente a través de los años o en relación con otros factores tales como el padecimiento de determinadas enfermedades o el embarazo en las mujeres. Por otra el ideal que los seres humanos se hacen sobre su apariencia varía enormemente a lo largo de los siglos, como es evidente, por ejemplo, en la consideración que se ha dado históricamente de la obesidad. Asimismo, el género, la edad, la identidad sexual, el color de piel, las circunstancias del entorno (urbano o rural) y nuestra adaptación más o menos adecuada a él, condicionan en gran manera la vivencia que tenemos de nuestra corporalidad”[1]
Es decir, el influjo que lo Otro ejerce sobre nosotros, nos provoca sentimientos de culpa, de fragilidad y podemos llegar a percibirnos como cuerpos expulsados de la vida comunitaria. De aquí que, la reflexión filosófica conjunta con otras disciplinas sea imprescindible para responder a esa demanda actual de que los filósofos nos digan qué pasa e incluso qué pasará, aunque sostengo que el punto de partida de este análisis es el humano como individuo, que nos conduce con una refluencia nítida de los unos a los otros y, por ende, a lo comunitario.
[1] J.Guimón. Los lugares del cuerpo. Ed. Paidós. PP. 250-251.
