“Según la RAE navidad procede del latín tardío «nativitas, -atis», que significa nacimiento. Lo define tanto como la festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo, pero también, por extensión, como el tiempo comprendido entre Nochebuena y la festividad de los Reyes Magos.”[1]
A punto de sumergirnos en las fiestas navideñas, considero relevante recuperar qué significa y qué vamos a celebrar. El fragmento que inicia este post muestra claramente que festejamos el nacimiento por antonomasia que es el de Cristo. Sin embargo, en cuanto Jesús, según los cristianos, es la encarnación de Dios que se hace hombre para vivir como tal, es posible que el mismísimo Cristo se rebelase contra una celebración que resulta, como mínimo, cínica.
¿Podemos seguir celebrando el nacimiento de un Dios-hombre cuando lo que resulta excesivo, repugnante y uno de los mayores crímenes, en nuestros días, son los infanticidios? El nacimiento de Cristo es un símbolo de salvación, sin embargo, aquí salvar ya sabemos quiénes se salvan y no por la gracia de Dios -que, si la tiene, ni se le conoce-. Ucrania, Yemen, Siria, Gaza y una lista casi interminable de países donde los niños que nacen mueren de hambre o asesinados ¿merece esta tragedia humanitaria que entremos en un periodo de celebración natalicio de quien vino a salvar, no sabemos de qué extraña manera, a una especie que no tiene remedio?
Los rituales son necesarios, como he sostenido en otros artículos, y no es ni mucho menos una apreciación propia, sino antropológica y sociológica. No obstante, hay rituales arraigados en sociedades muy diferentes a las que los albergaron que han perdido su sentido genuino, y que si lo mantuvieran deberían, en solidaridad con las personas que sufren crucifixiones de todo tipo, ser sustituidas por un tiempo de respetuoso silencio. Ese silencio en el que resuena la injusticia, los asesinatos, los miles o millones de cadáveres cuyas vidas no parecen ser consideradas con el mismo valor que las nuestras.
El estado español es laico constitucionalmente. Cada cual que celebre lo que quiera, pero como representantes de una diversidad religiosa y cultural cada vez mayor no debería promover unas festividades que, prescindiendo de los tiempos que vivimos, resultan cínicas, insolidarias y muestran una indiferencia absoluta.
Sabemos que la economía manda y que las Navidades son sobre todo un negocio anual, como puede ser el turismo. Promover la tradición de consumir es lo que hace el Estado. Cristianos que celebren realmente la Navidad y que mantengan una vida coherente con sus creencias o hay pocos o no existen. Tal vez porque ser cristiano hoy implicaría ser un excluido, un perseguido, un okupa, un antisistema, …y vivir así, es una elección casi imposible de ser querida por nadie.
Esto es un clamor para que desmontemos las parafernalias que encubren la cruda realidad en la que vivimos y sobre todo viven otros que no tienen ni voz, ni palabra. Seamos consecuentes con el mundo que hemos forjado y dejémonos de eufemismos, festejos vacíos y afrontemos en nombre de los que casi ni subsisten una realidad que lo que reclama son levantamientos, gritos para que se detengan las atrocidades. La mejor Navidad, se sea o no cristiano, sería abandonar la comodidad de nuestras casas salir a las calles y pasar el día exigiendo que todas las vidas valgan, que se detengan los genocidios, las hambrunas por el reparto injusto de la riqueza,…A lo mejor hasta Dios acude a la cita,…
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