Podemos expandir palabras como esporas con el fin de atrapar cuanto hay, y formatearlo lingüísticamente. Sin embargo, nos topamos con la limitación de un uso conceptual que basado en una lógica racional es incapaz de dar cuenta de la diversidad Creíamos poseer, gracias a la capacidad simbólica, la herramienta privilegiada del mundo, y nos apercibimos de que nuestra pretensión de someter el mundo al lenguaje conceptual es una limitación que genera el ámbito de lo que no puede ser dicho, lo inefable.
Aquí, nos damos cuenta de que hay otras formas lingüísticas de aproximarnos -nunca de encapsular- a lo real que alcanza desiertos no habitados. La poesía y otras manifestaciones literarias nos permiten con el uso de metáforas, símiles, y otras figuras retóricas, dar cuenta de nuestra intuición que degusta lo real de diferente manera, destacando lo peculiar, lo propio, lo singular y estableciendo imágenes con las que merodeamos alrededor de lo que hay.
Ciertamente no sabemos todo lo que hay, porque no podemos nombrarlo, pero podemos acceder a realidades que sin ser experimentadas directamente constituyan un acervo cognoscitivo no racional, sino de esas otras aristas de lo humano que desplegadas pueden llevarnos a ámbitos insospechados.
Así, la indagación filosófica debe nutrirse de un amplio uso del lenguaje, ya que desde siempre los mitos, las leyendas, los poemas han sido maneras de buscar respuestas verosímiles sobre las grandes cuestiones que no parecen tener una respuesta ni única, ni definitiva. Si algo hemos experimentado tras siglos de búsqueda insaciable ha sido el cambio y el fluir permanente de lo que deseamos conocer, y que se nos escapa por milésimas de segundo, ya que lo fenoménico es solo aparecer y en consecuencia desaparición. Tras esa ausencia hemos intentado ver qué hay, o qué había y nuestra incapacidad ha sido supina. Hemos desestimado la posibilidad de conocer lo trascendente que, aunque capaces de nombrarlo de manera genérica, no sabemos qué es, o si es.
En definitiva, ampliar el uso del lenguaje, aceptar formas no lógicas nos puede abrir a un mundo que, formando incluso una posibilidad de nuestra condición, nos es negado por el desprecio de cuanto no se manifiesta mediante la racionalidad.
