El caso de Alessandra: abuso sexual en el colegio Sant Ignasi-Sarriá de Barcelona. Documental «La fugida».

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El hecho de disponer de un blog personal te proporciona la libertad de tratar cualquier asunto sin censura. Obviamente sin censura previa, más que la que yo misma me imponga. Posteriormente, es posible que aún reciba algún comentario desafortunado por tratar uno de los temas tabú que aún colean en nuestra sociedad: el abuso sexual de menores en instituciones escolares o educativas. Por desgracia, las personas que se hallan vinculadas de alguna forma a esas instituciones, a menudo, les asalta antes la preocupación por el desprestigio de la institución que por los daños irreparables sufridos por las víctimas, niños o niñas que no disponen ni de palabras para verbalizar lo que está sucediéndoles, y que incluso el abusador les hace sentirse cómplices y culpables del acto denigrante del que son sujeto paciente.

Sin dejar de sentir cierta prevención y asumiendo que este escrito no guste a antiguos jefes, compañeros de trabajo e incluso amigos, me decido a clamar junto al dolor de las victimas de abusos sexuales en la escuela Sant Ignasi, en la que trabajé durante unos veintitrés años. Quiero dejar claro que mi experiencia como profesora de Filosofía y educadora fue muy gratificante, e incluso el trato siempre comprensivo y de reconocimiento por mi esfuerzo, que en general recibí por parte de la institución. Sin embargo, ha aflorado con mucho dolor y cierta culpa -aunque nunca tuve del todo certezas directas- las situaciones de abusos sexuales que serán actualidad a partir de la proyección del documental “La fugida”- la huida – En él, uno de los casos que se trata con más profundidad es el del jesuita Lluís Tó.

Cuando empecé a trabajar en el colegio Sant Ignasi-Sarriá en el curso 91-92 me vi sumergida en un movimiento de apoyo a un jesuita que entre murmullos y sin ser explícitos, al menos para mí que acababa de llegar, parecía haber sido acusado de un acto de abuso sexual a una niña. Se me demandó la firma en apoyo del acusado por parte de mis nuevos compañeros, ante lo cual, me excusé, creo que contra lo que esperaban quienes me plantaron el papel delante, aduciendo que yo acababa de llegar y no sabía ni de lo que me hablaban, ni conocía al susodicho jesuita. No firmé, porque no me pareció coherente teniendo en cuenta mi desconocimiento de recien llegada.

Quiero dejar claro, que los únicos que conocían las acciones de Lluís Tó desde el año 1968, según Pau Vidal, delegado de los jesuitas en Catalunya, eran los mismos jesuitas y que toda la comunidad educativa se mostró incrédula ante la acusación de Alessandra y su familia, por ignorancia absoluta: la compañía de Jesús mantenía las actividades depredadoras del jesuita en secreto y ni profesores, ni otras familias sabían absolutamente nada.

Tras esta experiencia, creo que muchos se mostraron más receptivos, quizás no más activos, ante las manifestaciones de algún alumno o alumna en años posteriores sobre los toqueteos sutiles -aunque los alumnos se apercibían- de algún otro educador no jesuita. También, hay que recordar que no hace muchos años y a raíz del caso de los Maristas, saltó a la palestra los casos de otros jesuitas que habían abusado de alumnos. De todas formas, no creo que se actuara, posteriormente, con la contundencia que merecía el asunto de los abusos, por parte de las sucesivas direcciones que, supongo que, por el prestigio de la institución, mantuvieron a algún profesor y algún jesuita, al menos sospechosos de estas atrocidades.

Ante la aparición del documental del que tuve noticia ayer a través de la televisión de Catalunya, resurgió en mí un sabor agrio y no exento de culpa. No hay noticia pública de ningún caso que se haya cometido en el que personalmente me hallara próxima. Yo fui víctima de abusos sexuales a los once años, y sé la culpa y la soledad y el autodesprecio que uno siente. Quizás esa condición me provoca este resurgimiento del sentimiento de culpa. Es cierto, sin embargo, que rumores sobre compañeros que como mínimo se “excedían” en el contacto físico con los alumnos, sí fui consciente. También que manifesté mi perplejidad a la dirección por no actuar o buscar pruebas definitivas sobre algún profesor y algún jesuita. Protegí a mi hija cuando se cruzó con uno de los profesores sospechosos de estas prácticas, advirtiendo a la dirección de que ante cualquier gesto ambigüo hacia mi hija, personalmente iría directamente a denunciar a las autoridades y que no quería ni oír hablar de las consecuencias para el colegio. Pero los abusadores no son tontos, y aunque hubo otras niñas con las que el profesor mantuvo contactos poco ortodoxos, con mi hija la distancia física fue total. Las niñas preadolescentes no distinguen, por inmadurez y confusión, lo que es adecuado y lo que no, aquí es el colegio el que debe prevenir y ante la duda, actuar.

Desconozco las circunstancias, pero años después uno de estos profesores fue despedido. En conversaciones con exalumnos he tenido noticia de otros abusos con adolescentes, que, por etapa vital y circunstancias personales, se han visto abusados. Un adolescente sabe lo que hace, pero un adulto puede aprovecharse de la vulnerabilidad del adolescente y manipularlo. Esto es lo que después supe de algún compañero. La verdad es que rumores sobre alguna profesora también oí. Es cierto que en estas situaciones la percepción es algo machista, ya que si es una profesora con un adolescente no se percibe con tanta claridad como abuso que si es de un profesor con una adolescente.

Es importante no perder de vista que cuando en una institución se da algún caso de abusos que se hace público, se desata una paranoia colectiva y se puede sospechar o acusar a alguien de algo que no ha hecho. Con lo cual, se necesitan pruebas que, a menudo, son el testimonio de la víctima y quizás de algún amigo o amiga.

Mi grito de clamor por las victimas es cuestión de conciencia, porque siempre es más vulnerable que el abusador respaldado, a no ser que se tenga una certeza firme, por la institución que cuida de su prestigio antes que de los derechos de esos críos. Después, un acto que me resulta repugnante y que hoy, se sabe que era una práctica habitual en la Iglesia, es el de trasladar a los depredadores sexuales a países del tercer mundo, como si implícitamente se considerase que ¿eran menos importantes esos niños? Ese fue el caso del jesuita Luís Tó que prosiguió su actividad sexual vejatoria con los niños-as bolivianos, y cuando alguien levantó la voz se le mandó callar.

Me indigna que se considere que alguien queda reparado porque la institución diga la palabra: perdón. Cierto que es el primer gesto, pero tras años de sufrimiento esas personas necesitan actuaciones más explícitas acordadas con ellas que sirvan al menos de una cierta compensación. Reparación, no hay. ¿Qué hará con Alessandra la Compañía de Jesús cuando este documental se proyecte en salas y a través de la televisión? Quizás habría que preguntarle a ella qué quiere o qué espera. Como aún no es posible visualizar el documental, desconozco si esta cuestión se aborda en él. En cualquier caso, la palabra y la deuda, muchos años después vuelve a tenerla el colegio o la congregación con respecto a Alessandra, hoy ya una mujer.

Con este escrito no pretendo ignorar que los casos de abusos sexuales a menores es una práctica presente en la sociedad, no solo en la Iglesia. Sin embargo, me resulta especialmente repugnante cuando se produce por parte de supuestos individuos cuya moral debería ser ejemplar, y en el seno de las familias. Ninguno de estos fue mi caso.

En el siguiente enlace podéis visualizar un breve estracto del documental «La Fugida».

Plural: 6 comentarios en “El caso de Alessandra: abuso sexual en el colegio Sant Ignasi-Sarriá de Barcelona. Documental «La fugida».”

  1. ¿Curas depredadores sexuales? ¡San Narciso bendito! ¿Ocultación de abusos? ¿Pactos de silencio? Lamentablemente en el ámbito educativo ( laico y del otro) suceden estos «usos y costumbres» donde las instituciones, en aras de si mismas, guardan silencio, niegan, acusan y escurren el bulto…recuerde mi estimada filósofa…el abismo nos acecha desde todos lados….besos al vacío desde el vacío

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    1. Aquí, discrepo. Esto pasa en muchos otros centros educativos no religiosos. Me parecería injusto, y nada parecido pretendia con mi post, que se derivaran falsas generalizaciones entre unos colegios y otros. Cada uno opta, si puede, por la escuela que considera mejor para sus hijos, sea religiosa, catalana independentista,…. En todas puede haber casos de abusos. Por la escuela Sant Ignasi pasan más de 3000 alumnos al año. El porcentaje de casos sería ínfimo. El problema es que a quien le toca es el 100%.

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