Un paréntesis que no significa una parada; no poseemos ese poder de parar el tiempo, respirar y proseguir. Es una irrupción en la rutina, aunque en mi vida haya poca. Un cambio de escenario que estimula fantasías, posibilidades imposibles y que después se reduce a trasladar los hábitos, algo modificados, durante un breve lapso a otro espacio. Pero, a pesar de esa tendencia a repetir lo conocido, renueva y oxigena. Se convierte en un momento imaginario en el que parece que podamos reinventar nuestra existencia, partiendo de la experiencia: esa construcción labrada desde el dolor, el llanto, el anhelo y la tenacidad de no cesar en el empeño de que algo benéfico sea posible. Por eso, la ansiada reinvención que se sitúa ante nosotros adquiere esa tonalidad verdosa en la que nos regocijamos, tan solo de imaginarla.
Un nuevo espacio y otro tiempo en el que todo está por crearse, aunque nos sintamos ligados por nuestras tendencias, hábitos y seguridades. Cierto es que a más juventud, menos servidumbres; y que el inicio de la vejez pueda crear en el espacio justo en el que sabe que aquello deseado brotará, es como jugar con ventaja respecto de los que tienen más capacidad de inventar y menos saber sobre los límites de lo que puede ser creado.
Que cada uno viva el tiempo que le corresponde y se den instantes de confluencia entre la actitud potente y la realista.
