A Ricardo.

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En este mar abierto que es la existencia, surcamos caminos dejando una estela que se difumina; ¡qué placer abrir las aguas y adentrarte en esa mar azulona! -siempre me ha gustado más su tonalidad añil-. Navegas en la soledad de un cayuco, manteniendo la embarcación a flote con el canalete. Hasta que un día, ese mar tan transitado, te arrastra a cruzarte con otro navegante, uno algo distinto a los que ya conoces; te entusiasma su pasión, la vibración continua de todo su cuerpo y aquello que transmite desde las entrañas. Coincidís en el gusto de navegar intuyendo hacia dónde se navega, y ese primer contacto y los posteriores deja un poso en ti, que se expande hasta el punto de subir a tu hijo al cayuco y encontrarnos con ese navegante único que cambiará el rumbo, o al menos el ritmo de la navegación. Tu hijo se sube a su barca, no sé qué tipo de embarcación maneja, y tú discretamente te distancias para dejar que navegue con ese humano maravilloso que ya ha dejado huella en ti. Y te retiras a descansar un poco.

Y cuál no será mi sorpresa que un día mi hijo se presenta navegando al lomo de un Toro Blanco, y, yo estupefacta sin disimulo alguno, que inquiero: ¿Qué ha pasado? Y él con esa sonrisa preciosa me replica: ¡Tranquila! Estoy acompañando a mi amigo en su transformación vital y ¡Mira! Es un Toro, un Toro Blanco en el que palpita por todos sus poros Dionisio, y yo estoy aprendiendo a vibrar y transformarme con él.

A partir de aquel día devoraba con fervor los cuentos que el Toro Blanco iba publicando y junto con su pandilla me acomodaba a esos vaivenes de los que siempre emergía un NosOtros del que yo me sentía una ínfima parte, y en el que mi hijo había tenido el honor de montar por unos instantes al Toro Blanco. Hoy nuestro Dionisio suma un año más y aguardamos los brincos y giros que nos pueda proponer durante este nuevo periodo, en el que su tonalidad blanca está incrustada ya en sus poros.

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