La pandemia del covid19 fue un acontecimiento que marcó, como tal, un punto de inflexión en cómo nos relacionamos con los otros. A veces, la mencionamos como algo que sucedió sin ser conscientes de que se ha quedado incrustada en lo más profundo de cada uno.
Es habitual ver a personas por la calle, o en lugares cerrados, con mascarillas, que marcan una distancia física con los demás. Esto se intensifica en períodos en los que los refriados, gripes o virus diversos tienen un ambiente más favorable para atacarnos. Nuestra sensibilidad se ha afinado hasta tal punto que ya no nos pasa desapercibido si alguien tose, o padece una congestión con abundante mucosidad, sino que casi de forma instintiva tendemos a apartarnos.
La cotidianidad ha quedado modificada por el miedo al “contagio”, hasta tal punto que nuestras relaciones sociales se modifican en función de contingencias que, anteriormente, nos hubieran pasado desapercibidas. Hay miedo al otro, y esto acaba provocando no solo una distancia física, sino una distancia social, que puede mantenerse permanentemente de manera más acusada respecto de ciertos colectivos, por la creencia de que su forma de vida puede ser más proclive a la presencia de enfermedades y a su contagio.
Más allá de lo cotidiano, sabemos que la pandemia supuso una catapulta definitiva para el uso de las tecnologías informáticas. Antes, pocas veces hubiéramos quedado con alguien que vive en nuestra misma ciudad a través de una videollamada; ahora es algo que a cualquiera se le puede ocurrir como una alternativa a la presencialidad. Es decir, las tecnológicas han sacado un rédito impensable y el cuerpo a cuerpo a perdido fuerza, sin darnos cuenta de la importancia socioafectiva que tiene.
A parte de las tecnológicas, sabemos que quienes hicieron “su agosto” fueron las farmacéuticas. Desde entonces la vacuna del covid19 se ha instaurado como una más, junto a la de la gripe y la neumonía, en el sistema de salud pública como una protección necesaria para personas a partir de sesenta años, y de riesgo.
Las teorías conspiratorias han sido denostadas en los medios de comunicación públicos. Sin embargo, deberíamos analizar qué puede haber de veraz en algo de lo que sustentan y qué de paranoico. Sabemos que el mundo está marcado por las tonalidades grises, y que no todo lo que infunde a sospechar de alguna gestión orquestada debe ser desechada por falaz.
En síntesis, hay generaciones para las que la pandemia siempre estará presente, y quizás serán los hijos de nuestros nietos los que ya no recuerden ni estén condicionados por ella, si es que no padecemos otra antes, que era lo que se auguraba en aquel momento.
Para los que tengáis interés en conocer con algo más de profundidad qué sucedió antes y durante la pandemia, os dejo un vídeo del diálogo que, en el marco del Club Mundial de Filosofía de Argentina, mantuvimos con el filósofo Jordi Pigem[1], autor del libro “Pandemia y posverdad” Ed. Fragmenta.
[1] Jordi Pigem (1964) es filósofo de la ciencia y escritor. Doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona con la tesis El pensament de Raimon Panikkar: Una filosofia de la interdependència (Institut d’Estudis Catalans, 2007). Del 1998 al 2003 fue profesor y coordinador del Área de Filosofía del Masters in Holistic Science del Schumacher College en Dartington (Universidad de Plymouth, Inglaterra). Ha sido profesor invitado o ponente en varias universidades de Europa y América.
Entre sus libros destacan Técnica y totalitarismo (Fragmenta, 2023), Pandemia y posverdad (Fragmenta, 2021), Ángeles o robots (Fragmenta, 2018), La odisea de Occidente (Kairós, 1994), Inteligencia vital (Kairós, 2016), La nueva realidad (Kairós, 2013) y Buena crisis (Kairós, 2009). Fue coordinador de la revista Integral (1989-1992) y coordinó asimismo los tres primeros volúmenes de la edición catalana de la Opera Omnia Raimon Panikkar. Ha participado en la obra colectiva Panikkar hoy (Fragmenta, 2022) y ha editado una recopliación de los textos de Raimon Panikkar sobre Ecosofía (Fragmenta, 2021).
Ha obtenido el Premio de Filosofía del Institut d’Estudis Catalans (1999), el Premio de Ensayo de Resurgence y de la Scientific and Medical Network (2006) y el Premio de Ensayo Joan Maragall (2016). Nunca ha tenido una cuenta en redes sociales.
