Cuerpos deseantes

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El cuerpo lo acusa todo. Los desaires, la indiferencia, las continuas negativas de la realidad y, por supuesto la edad. Ésta no es más que las experiencias acumuladas, unas sumándose a las otras como singulares conectados. Aunque cada singularidad sea única en su acontecer hay vivencias repetitivas que cincelan nuestra personalidad, erosionando lo ya constituido y abocándonos a un esfuerzo continuo de ubicación: qué me caracteriza y quiero, y de qué deseo desprenderme. Esta dicotomía no es, por supuesto, nítida, ya que siendo nuestros deseos faros fiables no son infalibles y seguirlos pueden ponernos en situaciones dañinas.

Ahora bien, siendo cuerpos no podemos ignorar ni reprimir nuestros deseos constantemente porque nos negamos a nosotros mismos, esos que nunca somos iguales de un tiempo a otro.  El deseo es lo que nos hace querer vivir; quien no desea, no espera y quien no espera ¿qué hace en este mundo de penurias?

Es cierto que los estoicos, una perspectiva filosófica que tiene su origen en la helenística, pero que parece haber recobrado vigencia en la actualidad, entendían que quien no desea no siente carencia, ni perturbación y puede mediante la apatía llegar a un estado de paz mental. Entendida como una actitud de indiferencia, de no padecer, puede resultar eficaz para vivir “tranquilo”, pero es difícil pensar en un estado así que no comporte como consecuencia una cierta desconexión con los otros, y sin esa conexión nos vamos muriendo por des-humanos. Visto, el estoicismo, como la actitud de no preocuparse por lo que no depende de uno, puede resultar más afable. En cualquier caso, este estoicismo actualizado no deja de parecerse a una promoción del individualismo que vela por el propio bienestar, prescindiendo de los otros, y a veces a costa de ellos.

Evidentemente lo dicho está sujeto a diálogo, cuestionamiento, porque no deja de ser una actitud ante la cruda existencia. Sin embargo, la edad -esa acumulación de experiencias singulares, mencionada- nos dota de una perspectiva amplia que lleva a muchos a intentar discernir que es, al fin y al cabo, lo esencial o necesario para poder decir que hemos vivido, y rara vez, las conclusiones a las que se llega no otorga a los otros un papel preponderante. Son los otros los que nos aportan vida, y a la vez los que pueden quitárnosla si las interacciones han sido dañinas.

Es como si el humano hiciese un largo trayecto desde el cordón umbilical de la madre, momento en el que se sentía uno con ella, hasta la vejez para apercibirse de que, con la distancia corporal imprescindible, acabamos siendo lo que han sido nuestras relaciones con los otros. Es decir, somos en gran medida lo que hemos hecho, de facto, pero siempre el cómo lo hemos llevado a cabo en la interralación con los demás.

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