La muerte nos deja en silencio. No hay decir para quien ya no está. Nosotros podemos proferir compulsivamente palabras, encadenarlas, subordinarlas posteriormente, pero si no hay un Otro que se ve atravesado por nuestro lenguaje, solo resta nada. Estos discursos que lanzamos al viento entre lagrimones, angustia e incomprensión son para nosotros, y para los otros que sí continúan existiendo. Quien abrazó, o se vio arrebujado por la muerte ya no es ningún interlocutor, el lenguaje se vuelve vano, insulso, fútil.
De ahí que el silencio en el que se desbordan emociones, sentires que nos decimos a nosotros mismos, si es que podemos, es lo único que resta. Un decir propio introspectivo.
La muerte puede resultar un mazazo imprevisto, ya que desconocemos ese tiempo en que seremos muertos y otros también lo serán. Aunque esté casi avisando nunca acabamos de metabolizar ese instante en el que la no-vida lo oscurece todo. Es un tiempo breve para el que debemos prepararnos, pero no angustiándonos con eso que desconocemos, sino asumiendo que es lo propio de lo humano: estar, cambiar, transformarse y morir.
Podemos sentir que una parte de nosotros se queda rota, que la carencia nos avasalla. Sin embargo, cabe confiar que ese dolor se irá evaporando y nos quedará un vívido recuerdo en nuestro interior de lo que el otro nos regaló, como parte de su vida. Vivir es un intercambio en el que el amor es lo único que cuenta. Sin él, el absurdo nos asfixia. Celebremos el amor que quien ha muerto nos dio. Eso es lo que nos queda.
