Volar por los aires.

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Estamos bajo el influjo de mucha presión: la forma de vida “normalizada” con las condiciones para subsistir rígidas que exigen una dedicación al mantenimiento del sistema extremo; los medios de comunicación filtrándonos los sucesos del planeta; las redes sociales en las que acabamos implicando, sin demasiada conciencia, nuestra mismísima persona y la autovaloración oscilante que, en consecuencia, hacemos; el estímulo de la insensibilidad e indiferencia que se nos inocula ante los excluidos económica y socialmente, como si su no-lugar fuese únicamente responsabilidad de su flojera de carácter y sus pocas ganas de trabajar; y, así, podríamos seguir añadiendo factores que nos “con-forman” para devenir elementos necesarios de un sistema capitalista injusto que denigramos, pero alimentamos cada vez que movemos un dedo. Seguramente, yo misma, en este momento en el que escribo esto con el objetivo de compartirlo en mi blog, estoy contribuyendo al abuso de las tecnológicas y el poder que está en ascenso a nivel político mundial.

Es como una ratonera en la que no cabe buscar la salida, porque como tal no la hay. Quizás la única alternativa a esta existencia, que muchos no querríamos, sería implosionar para que el sistema reventara desde dentro, se esparcieran las partículas por doquier y jugáramos el papel de disolvernos como el Dios de Mainländer que aburrido de ser solo él se suicidó, disgregándose en todo cuanto hay, entre ello, los humanos que somos el proceso de desaparición de una divinidad aburrida de tanta nada.

Lo expresado no es más que el deseo de que si tenemos que saltar por los aires lo hagamos todos, no los de siempre, sino también aquellos arrogantes, engreídos que se creen por encima del bien y del mal ajeno, y que solo velan por el beneficio propio. Me refiero a poderosos mandatarios y ricos, los más conocidos y los menos, que sostienen una existencia de abundancia y exceso a costa de la miseria de los otros.

Esa igualación ante el desastre, esa justicia, solo se da con la muerte que, si llega como consecuencia el caos mundial, alcance a todos, en especial a los que tienen más poder para generarlo. Es una quimera, o vivimos todos, o saltemos todos por los aires, pero basta de matanzas, de contar a los humanos como números descualificados, como seres sin derecho a nada por su origen, su etnia, y el lugar de sometidos que les ha deparado la existencia.

El sabio, en cambio, mira fijamente a los ojos, con alegría, a la nada absoluta.

Philipp Mainländer. Filosofía de la redención. pg. 298 Alianza Editorial. 2020.

Tras Mainländer llegaría el gran Nietzsche….

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