El gesto honrado hacia el otro.

No hay comentarios

Posar el corazón en las manos de otro debe hacerse con la debida precaución. Hay quien guarda las formas, imposta, usa palabras huecas que se desintegran nada más ser dichas. Lo relevante del otro no son las palabras que todos hemos aprendido a usar en el momento adecuado, sino su rostro, sus gestos, sus actos, la materialidad viva de lo que proclama. A menudo olvidamos la importancia de esto, quizás porque nos place creer que le importamos a quien, realmente, le somos indiferentes e incluso molestos.

Esto puede ocurrir, obviamente, porque todos vamos fluyendo en una marea difícil que nos aproxima y aleja de los otros. Y no somos capaces de formular con el mismo lenguaje que engañamos, las palabras apropiadas para que quien sea reciba el mensaje de que esa relación murió, y que tu corazón no puede quedar a la intemperie. Esto tiene un sentido bidireccional: se lo hacemos a los otros, y nos lo hacen los otros.

Si la honestidad es un valor deseable, para mí lo es en aquellos con los que me relaciono, el gesto honesto por antonomasia es no fingir con otro lo que no es, y no hay.

Así que, el respeto hacia nosotros mismos y, por ende, a los otros exige la honestidad con quienes interactuamos. Eso significa, en otras palabras, que debemos calibrar qué relaciones merecen que pongamos el corazón en las manos del otro, y cuales son meras relaciones de intercambio. De lo contrario, provocaremos dolor, y sufriremos porque nos harán daño.

Deja un comentario