La madre que te parió.

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En ocasiones, he expresado que lo único irreversible en la vida – a parte de la muerte- es ser madre. Desde el instante en que el nacido pasa a ser otro, fuera del propio cuerpo, se inicia una interacción continúa en la que ambos van adaptándose el uno al otro. El bebé no tiene opción, ya que su dependencia es total. La madre parece que sí tiene opciones sobre cómo relacionarse con el neonato, pero de lo que ya no puede desdecirse es de ser madre, aunque interponga la distancia, la ausencia, ya que cualquiera de esas decisiones afectará a ambos.

Mayoritariamente, la madre asume el cuidado del recién nacido y a medida que éste va creciendo la relación dinámica va modificando la manera en que se es madre. Ella es la primera que dice un “no” al bebé, la que instaura un límite, por mucho que el psicoanálisis desembarque con el padre como el símbolo de la ley. Durante el amamantamiento, la madre debe descubrir cómo hacerlo con ese bebé concreto, pero el bebé también debe adaptarse a las posibilidades de esa madre concreta. Es el contacto más estrecho e íntimo desde el parto, y por ello también se inaugura la presencia del límite, en la cantidad de veces que se amamanta, en la posición, la forma, …

Es decir, hay un cambio y una fluctuación en esa estrecha relación conforme pasa el tiempo. No se es madre de la misma manera cuando el hijo/a es bebé, que cuando tiene cuatro años. Los límites, las gratificaciones las proporciona la madre y, así, como decía Klein, una se convierte en la psique del niño en la madre Buena/Mala, según las circunstancias. No deja de ser curioso que la madre que dice “no” sea mala, y el padre que dice “no” cumpla con su cometido. No pretendo desvirtuar los términos en los que Klein utilizó esa dicotomía, pero no deja de sorprenderme que los roles asignados, a veces poco realistas, acaben acometiendo contra la figura de una madre que cuida educando. El cuidado no es la gratificación infinita de las necesidades del niño, porque ni los psicoanalistas aceptarían eso, sino la de aquellas necesidades fisiológicas y afectivas que pueden ser satisfechas por la madre, que asume ser madre.

Superadas varias etapas lo que no varía es que la madre, con un ser y hacer distintos, sigue siéndolo. Y lo es por una doble causa: no puede dejar de sentirse responsable de aquel que nació de su vientre, tenga la edad que tenga; y, por otro lado, el hijo o la hija tienen interiorizada esa figura infantil materna que en determinados momentos se sigue necesitando. Esto corrobora la idea expuesta al inicio de que ser madre es lo único irreversible de la vida. Así, lo mejor para cualquiera es que esa maternidad sea deseada, y se haga consciente de la responsabilidad que comporta tal acontecimiento.

Que nadie extraiga de lo expuesto lo que no está escrito. O sea, me he centrado en la mujer que es madre, no en qué hace una mujer de su vida, por lo que las madres son mujeres que además tienen vida propia. Sin embargo, la relevancia que tiene ser madre para quien lo es, aunque en algunas etapas no se perciba, no la tiene ninguna otra ocupación o compromiso adquirido. Inclusive cuando la edad -en la vejez, por ejemplo- ya no nos permite proporcionar cuidados, sino que somos nosotras quienes debemos recibirlos, creo que hay un residuo que sigue haciéndonos creer que tenemos que cuidar de lo hijos.

Nos podemos liberar y emancipar de lo que nos oprime, pero nadie puede ser liberada de ser madre, no es susceptible de liberación alguna.

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