Ayer se cumplieron catorce años del icónico 15M, esa revolución de las plazas que fueron ocupadas por ciudadanos indignados de sentirse utilizados por el capitalismo, sin que, como contrapartida, ni tan solo, se garantizarán las condiciones mínimas de vida. No había intercambio justo, ni las partes contratantes estaban de acuerdo; antes bien una de ellas se sentía engañada, cosificada y sin valor como sujetos activos de una supuesta democracia.
A muchos nos evocó, por lo que habíamos leído y no vivido, un cierto mayo del 68 francés, pero éste era el nuestro con características muy diferentes al francés: había ciudadanos de clases sociales que cada vez se diluían y se aproximaban más unas a las otras para peor, no importaba la profesión, ni la procedencia, era un clamor del pueblo contra la clase política que desde el año 1978 nos habían estado mangoneando -antes, ni que contar-.
Sin embargo, los tentáculos del poder son ilimitados y tras aplacar las protestas a porrazo policial, fueron infiltrándose cada vez más en la mente de cada uno para que sintiéramos el fracaso de una revolución fallida. Nos fuimos dispersando y agrupando, otorgando prioridad a otras cuestiones que no eran relativas a las condiciones de vida, sino a las identidades, las razas, las enfermedades ¡Cómo si lo que reivindicaba el 15M no afectaba a todos esos colectivos transversalmente, y eran exigencias de todos y para todos, al margen de la condición individual! Aquí el neoliberalismo fue muy hábil propulsando colectivos que siempre había dejado al margen para dejar el problema estructural capitalista en un segundo plano.
Años después, aquello suena como un eco que nos resuena como una negatividad, una imposibilidad y, por ende, un ensueño.
Me ha resultado sugerente sobre la importancia del 15M un artículo escrito por Juan Carlos Monedero que participó activamente en lo que fue el principio del final. Os pongo el enlace porque vale la pena leerlo hasta el final y discernir qué hay de veraz en su análisis.
