Tolerancia no necesariamente es respeto.

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El término tolerancia parece estar cayendo en desuso, y no porque, de facto, no continúe vívido en los sujetos, sino porque su sentido etimológico y arraigado, no contribuye a la interacción y la convivencia.

La tolerancia sería la capacidad de “soportar” o “aguantar” alguna característica o cualidad diferencial en los otros -que en el fondo rechazamos-. Si lo que hacemos ante la diferencia y la particularidad es “soportar” o “aguantar”, ciertamente podemos notar un aroma de rechazo interno que contenemos para guardar las formas. Sin embargo, un tufillo de repulsa late interiormente en unos sujetos respecto de otros.

Una sociedad que convive habita el mundo con y en los otros, está impregnada de respeto, es decir, de la convicción de que nadie posee la potestad ni la impunidad para enjuiciar la manera de mostrarse, de hacer o ser de los otros. Nadie individualmente se puede erigir en autoridad moral que impone lo normativo. Y aquí, habría que escudriñar mucho desde qué poderes y fuerzas sociales se establece la normatividad y cómo debería ser ésta. Afirmar que no debe haber es absurdo, porque equivaldría a creer que podemos vivir sin normas sociales, que no son las leyes pero que precisamente por ello son principios más arraigados a los sujetos convivientes.

Siendo realistas, una cosa es la teoría o los supuestos principios que se pueden sostener y otra cosa, a veces en discrepancia, cómo nos sentimos y cómo reaccionamos de forma espontánea ante otro que más que ser respetado, sería tolerado. Es de sentido común que si lo que hay entre los sujetos es tolerancia, en un momento u otro, se filtrará, ni que sea involuntariamente, la auténtica percepción de rechazo que siente un sujeto hacia otro.

Así, la cultura puede tergiversar el sentir social como si cualquier forma de aparición subjetiva estuviese normalizada, sirviéndose de los medios de comunicación. Pero si lo que se muestra como “normal” no se corresponde con el sentir y el pensar colectivo -muchos de los individuos de éste fueron “normalizados” bajo otros parámetros- lo que se muestra a través de los medios es una ficción que desea inocularse en el colectivo con una celeridad desmedida, y sin reflexión, sin crítica sino como lo políticamente correcto, el resultado está abocado al fracaso.

Los cambios en las creencias, las convicciones y las normas sociales son lentos, aunque a veces haya que dar ciertos empujones bruscos. Lo sujetos no cambian su manera de entender el mundo por que en las pantallas aparezca como lo “normal” algo que no lo era cuando la mayor parte del colectivo ciudadano padeció el proceso de culturización.

Los grandes cambios en los pensamientos y la manera de sentir y experimentar la realidad debe ser un proceso en el que la reflexión, el análisis y la crítica, en definitiva, estén presentes para que nuevas maneras de pensar y sentir el mundo arraiguen en la población.

De aquí que la tolerancia sea la manera de “aguantar” y “soportar” lo que se considera políticamente correcto y la falta de respeto, que es crucial para el convivir, sea lo que predomine entre los unos y los otros.

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