Escribimos, muchos de los que lo hacemos, porque algo nos bulle en el interior y necesitamos lanzarlo al mundo. Algunos dicen que es terapéutico, aunque a mi entender puede serlo si quien ejerce de escritor ha estado realizando o está en terapia. Si no es el caso, el escupir palabra tras palabra, puede ser un trallazo de emociones que ni el propio escribiente acaba de entender. Y, también, es veraz que no siempre quien escribe se ve impulsado por las mismas motivaciones.
Sin embargo, se haga por lo que sea, el día que alguien te dice que cada día o casi, abre tu blog para ver qué dices hoy, te encoge el corazón porque se materializa como realidad el hecho de que al otro lado de tu pantalla siempre habrá alguien que lee y piensa sobre lo que has escrito. Eso es, más que una responsabilidad, un diálogo con el otro, aunque nunca llegues a tener noticia de ello. Dialogas desde el momento en el que tu escrito cala en el otro y remueve su interior.
Este acontecimiento es un halago para quien se atribuye cierto mérito escribiendo. O, al menos, no piensa que dé bazofia a los lectores, ya que de lo contrario su rubor le paralizaría los dedos.
Ana tiene mucho bullicio interior y a menudo se le agolpa tanta inquietud que en lugar de que surjan palabras, se bloquea. Y todo bloqueo es, y Ana lo sabe, un gran momento, porque calmada la intensidad de sus desazones, sabe que podrá formular de manera clara sus dudas, su dolor por el mundo y su sentimiento de impotencia ante tanto sufrimiento ajeno, que lo siente como propio.
Ana hoy no dice nada. Está reposando la dialéctica interior que la zarandea. Quizás mañana, o quizás no.

…y, sin decir nada, Ana lo ha dicho todo.
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