Solo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos Yo era su falta. Estamos de duelo por personas a quienes hemos tratado bien o mal y respecto a quienes no sabíamos que cumplíamos la función de estar en su falta. Pero aquí, debido al carácter irreductible del desconocimiento de la falta, tal desconocimiento simplemente se invierte. O sea, la función que desempeñábamos de ser su falta ahora creemos poder traducirla como que hemos estado en falta con esa persona -cuando precisamente por eso le éramos precisos e indispensables.[1]
Este fragmento de Lacan habla del nexo entre duelo y falta. Recordemos que venimos al mundo y nos vamos constituyendo en sujeto cuando el otro -aquí podríamos ubicar en primer lugar a quienes asumen la función materna y paterna- nos atraviesa con el lenguaje. Es decir, nos permite emerger mediante una cadena de significantes que son del otro, pero también nuestros en la medida en que solo somos lo que somos por el lenguaje. De esta forma, suponemos que siempre hay algo que dejamos atrás por no poder ser simbolizado por el lenguaje, y a esto es a lo que Lacan denomina falta, carencia primordial, o lo que va matizando con los años, impartiendo sus seminarios.
Por eso desconocemos qué es la falta, pero nos vamos constituyendo como sujetos en la medida en que deseamos dar con el quid de esa carencia. Es como si el deseo nos proyectara en la búsqueda de algo que finalmente no es nada, y pocos llegan a ello, si es que alguien llega.
En cualquier caso, este recordatorio nos permite entender el fragmento, ya que estar en la falta del otro, serle imprescindible, es sentirnos envueltos de amor:
Lo que damos en el amor es esencialmente lo que no tenemos, y cuando lo que no tenemos nos vuelve hay, sin duda, regresión y al mismo tiempo revelación de aquello en lo que faltamos a la persona para representar dicha falta.[2]
Ya que estando en su falta, lo que no tiene, se adhiere a nosotros incondicionalmente.
Ahora bien, no podemos estar en duelo por quien no nos amó cuando era la condición de que pudiéramos constituirnos en sujeto. No estábamos en su falta, ni anhelaba nada que tuviera que ver consigo mismo o la relación con los otros. Había disfrazado esa carencia de diversidad de cosas que nada tenían que ver con los que trajeron al mundo, y, en consecuencia, sus cachorros no recibieron nunca nada, es decir lo más primordial de cada uno que es la propia falta. De ahí que Lacan diga que amar es dar lo que no se tiene. O sea, situar al cachorro en la propia falta.
Que no haya vínculo o que este se vaya disolviendo con el tiempo deja al otro -además de la falta que todo sujeto tiene- una llaga que no acaba de cicatrizar, un escozor que le hace resentir la pena de no poder estar en duelo. Nunca podrán decir que fueron la falta de nadie.
[1] Lacan, Seminario 10. La angustia. Pg. 155. Ed. Paidós. Buenos Aires.
[2] Ibid. Pg. 155
